Ir a contenido

Análisis

Puigdemont, durante su comparecencia en el Parlament el pasado 10 de octubre.

JULIO CARBÓ

Los de fuera y los de dentro

Joan Subirats

Necesitamos encontrar un nuevo espacio común. Menos cargado de fundamentalismo y soberanía excluyente


En el ambiente apasionado y dramático que hemos ido viviendo especialmente en estas últimas semanas, lo ocurrido el miércoles apunta a un profundo cambio de escenario. No podemos apresurarnos e imaginar que en pocos días desaparecerán las razones, los agravios, las dinámicas sociales generadas en todos estos años. Pero en pocos días la movilización en contra de la posible declaración de independencia por parte de empresas clave de la economía catalana, y sobre todo la decidida intervención simultánea de personas y organismos centrales tanto de Europa como internacionales (FMI), han provocado cambios sustanciales en las estrategias tanto del movimiento independentista como del Gobierno del PP y de sus aliados.
En Europa y en buena parte de la opinión pública internacional se ha ido comprobando que las imágenes del 1-O contra personas que pacíficamente querían votar no son bien recibidas. Pero, al mismo tiempo, los intereses económicos y políticos que dominan la escena europea e internacional no pueden permitirse aventuras como la que, desde su punto de vista, implicaba la senda independentista, que vendría a agravar situaciones tan complicadas como la del 'brexit'. Esa posición añade presión a la constante preocupación de los mercados financieros por situaciones de inestabilidad.

La vía del cambio constitucional 

Esta pinza entiendo que ha generado un cambio muy significativo. Si se afianza la vía del cambio constitucional, los argumentos que se han venido utilizando, con razón, sobre la cerrazón absoluta a aceptar cualquier diálogo y cualquier atisbo de modificación de la legalidad por parte del Gobierno español quedarán mermados de buena parte de su fuerza. Y esa misma pinza ha recordado a los que desde las instituciones gubernamentales pretendían defender la razón de Estado por encima de todo que la fuerza no puede resolver lo que básicamente es un problema político y democrático. Necesitamos encontrar un nuevo espacio común. Menos cargado de fundamentalismo y soberanía excluyente y más radicalmente democrático en el sentido de abordar las soberanías concretas que los de dentro y los de fuera constantemente condicionan.