30 nov 2020

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Editorial

Puigdemont intenta ganar tiempo

El 'president' decepciona al independentismo más radical y rebaja tensión al suspender la declaración de independencia

Puigdemont, durante su comparecencia en el Parlament el 10 de octubre del 2017.

Puigdemont, durante su comparecencia en el Parlament el 10 de octubre del 2017. / JULIO CARBÓ


Suele suceder que las primeras reacciones son las más auténticas. Así sucedió con la multitud que ayer seguía con atención en el paseo de Lluís Companys de Barcelona el discurso de Carles Puigdemont. La euforia inicial cuando el 'president' anunció que asume «el mandato de que Catalunya se convierta en un Estado independiente en forma de república» se trocó en segundos en decepción cuando añadió que propone al Parlament que «suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas emprendamos un diálogo sin el cual no es posible llegar a una solución acordada». Poco a poco, el bloque independentista fue construyendo un discurso respecto a lo sucedido (plasmado después en la declaración de independencia que firmaron el Govern y los diputados de Junts pel Sí y la CUP), pero esa primera reacción de los manifestantes y la de la CUP en el pleno (Anna Gabriel dijo: «Hoy iniciamos una nueva etapa de lucha, porque no podemos suspender la voluntad de más de dos millones de personas») muestran que ayer no sucedió lo que el independentismo, al menos el más radical, quería.

El Parlament, en un limbo

Analizar desde un punto de vista jurídico y/o legal la declaración de independencia que rubricaron en una sala del Parlament una mayoría rala de diputados y el Govern es un ejercicio estéril. La deriva unilateral de la Generalitat ha tenido la grave consecuencia de que el Parlament se encuentra en un limbo, con una legalidad vulnerada (la constitucional y la estatutaria) y otra suspendida por el Tribunal Constitucional (la ley del referéndum y la de transitoriedad). Ayer, Puigdemont cometió el grave error de dar por buenos los resultados del 1-O (que careció  de las mínimas garantías democráticas) y, con esta base ilegítima, asumió un mandato inexistente de los catalanes. El 1-O no es democrático y no representa a Catalunya.

Cualquier diálogo pasa por el regreso de las instituciones catalanas al marco constitucional y estatutario

Pero Puigdemont acertó en el tono inclusivo de su discurso, al dirigirse a todos los ciudadanos, y en la posterior suspensión. Desoyó la presión de la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural, decepcionó a la CUP y defraudó a las miles de personas que le exigían una declaración de independencia con efectos inmediatos. Consciente de que su discurso atraía la atención de los medios internacionales, trató de explicar su versión de por qué el independentismo ha llevado a Catalunya hasta este punto. Y, sobre todo, intentó ganar tiempo. Cualquier decisión que rebaje tensión en estos momentos es bienvenida.


Queda por ver para qué quiere Puigdemont ese tiempo. Si se trata de un mero intento de dejar en evidencia al Gobierno o de convencer a la comunidad internacional de que se implique en una quimérica mediación externa, su movimiento táctico está condenado al fracaso. El diálogo al que se refirió Puigdemont solo puede ser interno y después del regreso de las instituciones catalanas al marco legal de la Constitución y del Estatut. Por eso, el tiempo añadido que trata de ganar Puigdemont debería servir para tejer nuevas complicidades que permitan devolver las aguas a los cauces legales.

Respuesta muy sopesada del Gobierno

En este sentido, es vital que el Gobierno de Mariano Rajoy no se precipite ni en su análisis de lo sucedido ni en su reacción. La mesura de anoche, cuando no se anunció ninguna medida en caliente, es el camino a seguir. Para hoy se ha convocado un Consejo de Ministros extraordinario que puede ser la antesala de la aplicación del artículo 155.  La única salida al conflicto es una negociación política. El Gobierno debe sopesar muy bien que sus decisiones no sean más perjudiciales que el daño que quiere reparar. Ayer, la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, afirmó que Puigdemont no puede ni debe extraer conclusiones políticas de leyes suspendidas por el TC y de un referéndum ilegal según el ordenamiento jurídico. Es cierto, igual que lo es que con la suspensión anunciada nada irreversible ha sucedido aún. Es en este estrechísimo margen en el que nos movemos, y donde todos deben asumir la responsabilidad que permita encontrar una salida a la crisis. El tiempo muerto debe aprovecharse.