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AL CONTRATATQUE

Las banderas contadas a los niños

Najat El Hachmi

La tensión de la libertad es ser conscientes de la dependencia inherente al grupo mientras intentamos mantener la independencia individual

¿Cuál es la  nuestra? La niña de 5 años lo pregunta como si nada, en una comida familiar: ¿cuál es nuestra bandera? Y de repente se hace el silencio, casi tan denso como si hubiera preguntado cómo se hacen los niños. Todos respiramos y nos limpiamos la boca con la servilleta para no tener que contestar los primeros y nos sentimos aliviados cuando es el padre de la criatura quien le contesta que la 'senyera', que la 'senyera' es la nuestra pero que otras personas tienen otras banderas.

Es decir, que ahora en una misma mesa ya empieza a ser frecuente que los emblemas de cada cual sean particulares. Ya pasa que las comidas familiares son áreas donde interseccionan subconjuntos y conjuntos distintos. ¿Pero no ha sido siempre así? ¿No hemos comido juntos personas de diferentes orígenes con diferentes formas de sentir la nacionalidad, fuera esta estatal o no? ¿No hemos cambiado a tres y cuatro lenguas en una misma sobremesa sin ni siquiera darnos cuenta? 

O eres de unos o de otros, y ni unos ni otros te permiten lo que ya es un auténtico lujo: pensar a solas, tener criterio propio

El chantaje de la pertenencia

A esta niña un día tendremos que hablarle de Amin Maalouf, de la complejidad de las identidades, de la hibridación inherente a cualquier ser humano que no se conforme con seguir eslóganes consignas simples. Son tiempos difíciles para los matices, hace años que lo son. O eres de unos o eres de los otros, naranja o limón, y ni unos ni otros te permiten lo que ya es un auténtico lujo: pensar a solas, tener criterio propio, intentar captar la complejidad de lo que te rodea. Hace años que esto es así, lo único es que ahora lo hemos elevado a la máxima potencia.

Quienes hemos tenido que romper de forma traumática con nuestro grupo de procedencia para poder reafirmarnos como individuos, como personas libres, y hemos pagado un precio altísimo por ello, conocemos muy bien las trampas del chantaje de la pertenencia: o eres como nosotros o no eres de los nuestros. El precio ya les digo yo el que es: el de la soledad absoluta, el de no tener nada a lo que agarrarte y saber que si no te pones de pie por ti misma no habrá nadie que te ampare. Y no estamos hechos para esto, no sobrevivimos sin los demás. De modo que la tensión de la libertad es esta, ser conscientes de la dependencia inherente al grupo mientras intentamos mantener la independencia individual. 

El anhelo de la pertenencia

El anhelo de pertenencia es humano y universal, necesitamos ser en las personas que nos rodean y queremos, pero también formar parte de algo mayor. Por eso tenemos relatos de identidades colectivas, unos relatos que no dejan nunca de ser en parte ficción. Lo que no vamos a poder definir de forma unívoca es la correspondencia entre los sentimientos íntimos de ser de un lugar, un paisaje, un grupo cercano y particular con los discursos políticos o las banderas que los representan, vestidos de talla única donde es difícil que quepamos todos. 

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