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Intangibles

Blockchain: la digitalización de la confianza

Ester Oliveras

Satoshi Nakamoto fue propuesto como candidato al Premio Nobel de Economía 2016 por el desarrollo del sistema blockchain (cadena de bloques) aunque tuvo que ser descartado ya que se desconoce si ese es el nombre real de alguien o meramente un seudónimo. De hecho, está en duda que una única persona haya sido capaz de desarrollar este sistema y se especula que detrás de este nombre se refugien un grupo de programadores.

Si durante los años ochenta alguien nos hubiera contado como funcionaria internet y cómo su uso afectaría nuestras vidas, difícilmente habríamos podido imaginar la dimensión del cambio.  Algo parecido podría pasar con el sistema blockchain.

Sin entrar en detalles técnicos, el blockchain consiste en un registro criptográfico de acontecimientos digitales que está compartido en miles de ordenadores, llamados nodos o validadores. Es decir, es un registro confiable muy difícil de alterar o manipular.

El blockchain puede aplicarse en un sistema privado o público, y que puede ser anónimo o no. La moneda digital bitcoin es el ejemplo más conocido de blockchain pública y anónima. Cualquier persona puede convertirse en usuaria adquiriendo bitcoins y, con una pequeña inversión, incluso convertirse en validadora, que en este contexto lleva el curioso nombre de “minería”. Desafortunadamente, el anonimato del bitcoin permite transacciones ilegales como el tráfico de armas o el blanqueo de capital, lo cual ha dañado su imagen y desacreditado parcialmente el ideario inicial.

Por otro lado, los sistemas blockchain privados y no anónimos son los que utilizarán las fintechs y entidades financieras para registrar las transacciones de sus usuarios. La clara superioridad tecnológica del blockchain ha provocado una decidida apuesta por parte de este sector, que incluye también organizaciones como el Banco de Inglaterra o el NASDAQ. Se prevé que durante el próximo quinquenio la mayor parte del sector financiero pase a operar con esta tecnología.

Peros las aplicaciones de blockchain van más allá del sector financiero y de las transacciones monetarias: las empresas industriales podrán mejorar sus cadenas de suministros y producción, las entidades sin ánimo de lucro tendrán la posibilidad de ofrecer transparencia completa sobre el destino de las donaciones, y los consumidores podrán saber con certeza la procedencia de los productos. La obtención de datos fehacientes sobre empresas puede ser el fin de los informes de gestión manipulados favorablemente.

En el sector público también hay potencial para aplicar blockchain. Países con registros de la propiedad claramente deficientes, como Honduras y Grecia, ya están trabajando en nuevos sistemas basados en esta tecnología. Nada impide que esto se extienda a registros civiles o mercantiles y que algunas figuras, como los notarios, vean mermar su actividad.

Pero la iniciativa más sorprendente en relación al blockchain es la creación de Bitnation; una nación virtual que dota a las personas de un documento identificativo y en la que se pueden realizar gestiones como el contraer matrimonio. Escoger la nación a la que se pertenece, independientemente del lugar geográfico de nacimiento o de residencia, suena a película de ciencia-ficción, pero produce cierto placer la idea de abrir competencia entre gobiernos a los que, de momento, solamente se pueden evaluar cada cuatro años, con suerte. 

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