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NÓMADAS Y VIAJANTES

Merkel y cierra Europa

Ramón Lobo

La cancillera alemana afronta un encaje de bolillos para pactar con liberales y verdes a la vez, contentar a sus socios bávaros y frenar la sangría de votos hacia la extrema derecha

Las elecciones que en apariencia ganó Angela Merkel las perdió su partido, la Unión Cristianodemócrata (CDU), que obtuvo su peor resultado desde 1949. La catástrofe ha salpicado a la formación hermana de Baviera, la Unión Social Cristiana (CSU), y a los socialdemócratas de Martin Schulz. Los tres grupos políticos dominantes en Alemania tras el final de la segunda guerra mundial han perdido 105 asientos (en un Parlamento de 709).

Esa fue la primera lectura: Merkel logra un cuarto mandato pese a la crisis abierta por su política de puertas abiertas a los refugiados en el segundo semestre del 2015, y que tuvo que enmendar tras la rebelión interna. Después, llegó la letra pequeña electoral: su giro al centro ha beneficiado a la Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán), populista, xenófoba y muy de derechas. En ella conviven varias corrientes, algunas abiertamente neonazis. Están unidas en su rechazo militante a la inmigración y en la islamofobia.

En estas elecciones, AfD ha robado un millón de votos a los democristianos y unos 470.000 a los socialdemócratas, además de hacerse con un millón de nuevos votantes. Su discurso contra las élites gusta a los jóvenes, como sucede en Francia con Marine Le Pen. Gran parte de su éxito se debe a los buenos resultados en el este (la antigua RDA) y en Baviera, una de las puertas de entrada de la inmigración. El triunfo de AfD es aún más preocupante si se añade otro dato: el 55% de sus votantes creen que no han marcado una distancia con la extrema derecha.

Alemania no es España, al menos en su cultura política, algo que está a su favor. Allí se dimite por falsear un currículo y se exploran coaliciones en apariencia imposibles. Rige lo practico y lo útil para la ciudadanía sobre lo ideológico, o sobre los egos.

Coalición Jamaica

Descartada la Gran Coalición, porque la actual ha dañado a los socialdemócratas, solo queda lo que en Alemania llaman la Coalición Jamaica. No es un título político, sino cromático: negro por la CDU-CSU; amarillo por los liberales (FPD) y verde por los Verdes. En apariencia parece imposible sumar en un mismo proyecto a los defensores del mercado libre y de las empresas con los defensores del medioambiente. Pero nada es imposible si hay políticos inteligentes.

Merkel tendrá que llegar antes a un acuerdo con sus hermanos de la CSU. La inmigración será la clave. Los bávaros quieren establecer cuotas poco generosas y mejorar el mecanismo de deportación. El FPD, que regresa al Bundestag tras una travesía en el desierto de cuatro años (en el 2013 ni superó la barrera del 5%), apoya la selección de los inmigrantes según su origen y capacidad. Los Verdes no ponen límites. Será un encaje de bolillos.

No solo es la inmigración, es también la política de ajuste, el euro y el futuro de Europa cuando finalice el 'brexit'. Merkel tendrá las manos atadas.

Los derechistas de AfD han aireado su orgullo germánico, algo que ha llevado a algunos de sus líderes a decir que el monumento del Holocausto en Berlín es una vergüenza o que hay que estar orgullosos del comportamiento de los soldados alemanes durante la segunda guerra mundial. No se sabe si en ese buen comportamiento se incluye el asesinato industrializado de 11 millones de personas, seis de los cuales eran judíos con el único delito de ser judíos.

Si fracasara la Coalición Jamaica y el SPD mantiene su decisión de pasar a la oposición (así al menos no le regalará ese papel a AfD), solo quedaría una opción: volver a votar, arriesgarse a que la derecha populista mejore su 12,6%. El tiempo dirá si estamos ante un problema que va a crecer o los efectos políticos de una larga crisis económica. Hay demasiados avisos en Francia, Reino Unido, Austria, Polonia, Italia como para no estar preocupados. 

La única buena noticia de todo lo ocurrido es que tras ocho años como ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, el rostro antipático del ajuste, el inflexible ‘negociador’ con la Grecia de Alexis Tsipras, dejará el cargo para aspirar a la presidencia de un Parlamento atomizado. Es la primera vez desde 1950 que el Bundestag tendrá seis partidos; para gobernarlo necesitará lo que no tuvo como ministro, mano izquierda. Que Grecia no celebre su macha porque el gran favorito para el sustituirle es Christian Lindner, líder de los liberales. Tiene 38 años e interpreta el papel de euroescéptico, que es el que le ha dado los votos. Además juega en la liga de Emmanuel Macron, es decir, en la que la imagen está por encima de las ideas.

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