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Catalunya y el 1-O

Así, no

MARIA TITOS

Así, no

José Montilla

El 'todo o nada' no lleva a Catalunya a ninguna parte


U na inmensa mayoría de ciudadanos de Catalunya quieren un mejor autogobierno. Quieren respeto por el carácter nacional del país, por las competencias del Govern y un reparto más justo de los recursos fiscales entre todos los territorios de España. Una inmensa mayoría de catalanes están enfadados –estamos enfadados– por la situación. No nos gusta ver el conflicto entre nuestras instituciones y las del conjunto de España. No nos gusta ver cómo la policía judicial registra sedes de la Generalitat. Nos disgusta constatar que ni el Govern de Catalunya ni el Gobierno de España son capaces de encontrar soluciones aceptables para todos.

El lunes, en el mismo lugar

Queremos sentirnos respetados, sí. Queremos disponer de más autogobierno, sí. Queremos disponer de más capacidad de decisión en materia fiscal, también. Queremos ser tenidos en cuenta en las decisiones estatales que nos afectan, por supuesto. Pero así, no. Por la vía elegida por Junts pel Sí y la CUP no mejoraremos el autogobierno. De hecho, ellos mismos dicen que no es su propósito. Pero es que tampoco por su vía Catalunya se convertirá en un estado independiente. El 'todo o nada' no nos lleva a ninguna parte. Hoy serán muchos los que expresarán este malestar en la calle. También seremos muchos los que no participaremos. Y al día siguiente estaremos en el mismo lugar. Con más problemas que soluciones.

Una declaración unilateral de independencia nos abocaría a un desastre. Hay que convocar elecciones

Estos días se habla mucho en favor de la democracia y el respeto a los derechos. ¿Quién no está a favor? Conviene, sin embargo, no olvidar que respetar la democracia y los derechos es algo que obliga a todos. La democracia se fundamenta en la legalidad. No es admisible invocar una parte del ordenamiento legal, del Estatut o de la Constitución, para saltarse las partes que no nos gustan, que es lo que está haciendo el Govern de Catalunya.

Más allá del debate jurídico –fundamental en democracia–, debemos ser conscientes de la gravedad social y política del momento. Es mucho lo que está en juego: la cohesión de la sociedad catalana, la continuidad del autogobierno, el prestigio de nuestras instituciones, la capacidad de liderazgo de Catalunya y, en definitiva, el progreso y la paz social.

Hay que insistir: sin ley no hay salida; pero sin política, tampoco. Ahora, a punto de llevar al país por el pedregal, es cuando la política con mayúsculas es más imprescindible. La vía que el Govern de Catalunya ha impuesto, pase lo que pase hoy, no lleva a buen puerto. Así no. Y menos aún si, en lugar de corregir el tiro, empeora las cosas con una declaración unilateral de independencia que nos abocaría a un desastre. Sería mejor, ahora que el Govern ha agotado el mandato parlamentario que se otorgó, que el 'president' convocase elecciones al Parlament.

Recuperar afectos, rehacer puentes rotos 

Encontrar soluciones a la actual tensión no es fácil. Ciertamente, los interlocutores (Puigdemont-Junqueras Rajoy) lo ponen difícil. Sin embargo, es posible si los que hemos apostado desde el inicio de esta crisis por la negociación y el pacto conseguimos convencerles de ir por otra vía. Si los actuales gobiernos no han sido capaces de hacerlo hasta ahora, a partir de mañana es inexcusable. Lo debemos exigir. Es el momento de poner el contador a cero y empezar a negociar los problemas de fondo.

Incluso en las filas del PP son ya muchos los que reconocen la conveniencia de revisar el funcionamiento de eso que llamamos  Estado de las autonomías. Hay que mejorar y proteger nuestras competencias, un sistema de financiación más estable y más justo, mecanismos de participación en las políticas estatales y, lo que es más importante, un cambio de actitud: a las instituciones comunes de España debemos exigirles mayor respeto a Catalunya, y también a la inversa. Tenemos que trabajar todos para recuperar afectos y rehacer puentes rotos.

Un camino menos épico y más realista

La propuesta es clara: compartir el diagnóstico, proponer los cambios adecuados, iniciar el proceso de reforma de la Constitución en lo que sea necesario. Tenemos un instrumento que debemos saber aprovechar: la Comisión para el Diálogo creada en el Congreso. Después habrá que someter el acuerdo alcanzado al escrutinio de los ciudadanos con un doble referéndum: en España y en Catalunya. Así, sí. Aunque este camino sea más pausado, menos épico y más realista.