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Análisis

Mariano Rajoy y Carles Puigdemont, en el Palacio de la Moncloa en abril del 2016.

David Castro

No me chilles que no te veo

Carmen Juan

Ya es mala suerte que en un momento crucial de nuestra historia estemos en manos de Gene Wilder y Richard Pryor, uno ciego y el otro sordo


Mi amiga Roser me describía esta semana la situación política con una frase de Winston Churchill: «Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema». Pues con la tontería de los 'no quiero' y los 'no puedo' hemos llegado al 1 de octubre rodeados de fanáticos. No sé qué pasará el domingo, si habrá o no referéndum, si se podrá acceder a las urnas o serán requisadas y qué harán las fuerzas de seguridad. Tampoco sé cómo se gestionará políticamente lo que pase.

¿Caerá el cielo sobre nuestras cabezas –léase todo el peso de la ley y el orden– con la intención de aplastar a los catalanes díscolos y arrasar su autogobierno en una más que dudosa y discutible victoria por la fuerza que solo será una derrota aplazada? ¿O tendremos banquete con jabalís en la aldea de irreductibles galos, con el bardo que desafina amordazado en un rincón? –léase una declaración unilateral de independencia que colmará hasta el extremo los deseos de autogobierno dejando a Catalunya en el limbo, es decir, la sala de espera de todos los organismos internacionales que deben reconocer a un Estado para que pueda funcionar con normalidad en un mundo global–.

Un bucle político-festivo

¿Qué pasará? No busque respuestas en este artículo. Solo sé lo que me gustaría que pasara. Me gustaría dejar de vivir en este bucle político-festivo, empeñados en demostrar al mundo lo guays que somos los catalanes, porque hasta la mejor sonrisa si la mantienes mucho tiempo se convierte en mueca. Espero que haya diálogo, el que ha faltado durante todos estos años, pero diálogo de verdad, no esa pantomima bautizada como Operación Diálogo tan poco creíble, ni esas ofertas trampa del Govern, dispuesto a hablar solo de lo que le interesa.

Espero que haya urnas, de las de verdad, para que se pueda votar con legitimidad, con garantías, sin trampas, con una campaña legal donde se expongan argumentos, datos, proyectos y no sentimientos, deseos, promesas inocentes o inconscientes. Y a ser posible, que las urnas decidan en breve un nuevo Gobierno en Catalunya y en España, porque esta política de tierra quemada ha chamuscado a todos los interlocutores. Ya es mala suerte que en un momento crucial de nuestra historia estemos en manos de Gene Wilder Richard Pryor, uno ciego y el otro sordo. No quiero desalentarme: hasta ellos fueron capaces de colaborar al grito de «no me chilles que no te veo». Espero que las nuevas elecciones mejoren el reparto.

Aún no sé si el domingo iré a votar, me está costando tomar la decisión, mi corazón dice una cosa y mi razón otra. Intentaré decidirlo ejerciendo mi propia independencia. Pero el 1 de octubre haré una fiesta. Mi hija cumple 13 años, se asoma a su adolescencia. Felicidades, Violeta. Espero que sepas hacer un buen uso de la autonomía que con la edad adquieres, y recuerda que la libertad no es hacer lo que te da la gana, es tener la posibilidad de decidir con tu propio criterio, con los límites de la convivencia y el respeto.