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Análisis

Revolución nacionalista

Joaquim Coll

El Estado de derecho intenta que se cumpla la ley, como haría cualquier otra democracia que opte por no rendirse ante el asalto de sus enemigos

Cuando la capacidad de analizar fríamente los hechos regrese a Catalunya, la mayoría acabaremos compartiendo una sensación de vergüenza por el clima de histeria que se ha apoderado de buena parte de la sociedad catalana estos días. Desde que la Guardia Civil, haciendo de policía judicial, entró en diversas consejerías y detuvo a 14 altos cargos del Govern, un resorte victimista se ha apoderado de mucha gente empujándola a creer que en España las libertades están en peligro. Y a creer que quien las defiende es en realidad quien las ataca. De repente, se ha olvidado lo sucedido en el Parlament, cuando Junts pel Sí y la CUP decidieron que el fin justifica los medios y violaron, como ha reconocido el 'conseller' Santi Vila, el reglamento de la Cámara para liquidar la Constitución y el Estatut. El clima de victimismo adolescente está maquillando lo auténticamente grave. Que una mayoría que solo representa al 47,7% de los votos impone a todos los catalanes una alteración radical del marco de convivencia. Con sus 72 diputados no podrían aprobar ni una nueva ley electoral, pero PuigdemontJunqueras Gabriel llevan adelante una mascarada de votación que no cumple con ningún estándar democrático, como ha dicho el Consejo de Europa. 

Legitimar un golpe de Estado

Tristemente, para una parte sustancial de la sociedad catalana todo eso da igual. Para los independentistas, el referéndum es puramente instrumental. Se trata de legitimar la secesión que ya habían prometido en el 2015 con otra hoja de ruta. Para la izquierda podemita colauista, el 1-O es una gran oportunidad para reventar el "régimen del 78" al precio que sea. Y para muchos otros que no son ni lo uno ni lo otro es igualmente guay apuntarse al "votarem" y se escandalizan porque el Estado de derecho intenta obligar, con formas suaves, que los mandatos del Tribunal Constitucional sean obedecidos. Y, claro está, eso exige la actuación de la policía y el ejercicio de medidas coercitivas, como haría cualquier otra democracia que opte por no rendirse ante el asalto de sus enemigos. En este caso, frente a una revolución nacionalista callejera que quiere legitimar un golpe de Estado.

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