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Pequeño observatorio

La vejez y la vida de la voz

Josep Maria Espinàs

Se puede ser insolente con alguien utilizando un tono educadísimo mientras hablas

He sabido, leyendo lo que explica Adrián Foncillas en este diario, que la Sociedad Gerontológica de Japón pide reservar la categoría de ancianos a los mayores de 75 años. Las personas entre 65 y 75 pasarían a ser pre-ancianos y podrían continuar trabajando. Con el paso del tiempo, yo he ido pasando de niño a adolescente, joven, adulto, maduro, mayor, viejo, anciano. Ahora, habiendo llegado a los 90 años, entraría en la prevista categoría de superancianos.

Ya me gustaría haber conseguido, a lo largo de la vida, llegar a ser super en alguna materia. Supersutil, supersimpático, superinteligente, superatractivo, superculto, superarticulista... Ya no hablo de ser superfutbolista, porque esto sería ya conseguir la gloria en este mundo. 

El problema de algunas personas 'super' puede ser la agenda, pero me corrijo: no hay que ser 'super' de nada –lo he comprobado a lo largo de los años– si no armonizamos las palabras con el tono de voz. Se puede ser insolente, hablando con alguien, utilizando un tono de voz educadísimo.

Foncillas da una información muy interesante, a partir de un hecho reconocido en Japón. El umbral legal de la jubilación es terriblemente anticuado. La explicación es contundente: fue establecido hace décadas, cuando la esperanza de vida era de 68 años, y hoy, ya se acerca a los 84. Los avances médicos han sido decisivos.

Acabaré con dos citas. "El hombre es el único que es consciente de envejecer. Todos los demás, a su alrededor, rejuvenecen cada día», escribió Alfred de Musset. Y Grasseu  anotó esta observación muy lúcida: «Es una lástima que haya un intervalo tan corto entre el tiempo en que somos demasiado jóvenes y el tiempo en que ya somos demasiado viejos».

Qué tristeza cuando la voz envejece... Qué ternura cuando alguien la escucha. 
 

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