Análisis

1-O: Atrapados

Hoy muchos catalanes nos sentimos atrapados entre la derecha dura e inmovilista que gobierna el Estado y el independentismo aventurero que gobierna Catalunya

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1-O: Atrapados

ALBERT BERTRAN

La derecha española actuó con desprecio al autogobierno catalán cuando recurrió ante el Tribunal Constitucional el Estatut aprobado por amplísima mayoría en Catalunya. La derecha instalada en la judicatura hizo lo propio y cercenó el Estatut abriendo una herida en Catalunya que no ha dejado de sangrar. Casi la mitad de la población catalana manifestó, en las últimas elecciones autonómicas, su deseo de separarse de España, pero el Gobierno del PP ha seguido con ese juego de desprecios como si tal desafección no tuviera ninguna importancia, convencido de que, en última instancia, con policía y recursos judiciales podría controlarlo todo. Se ha negado a cualquier tipo de negociación y a cualquier cuestionamiento del 'statu quo'. Son la vieja caverna franquista que sigue instalada en las estructuras del Estado.

La peor de las estrategias

Frente a eso, el independentismo catalán ha optado por la peor de las estrategias para conseguir más soberanía para Catalunya. Si en el Estado está instalada la caverna, lo que tocaba era batirse el cobre para sacarla de ahí, tejer una red de alianzas para cambiar el Gobierno en España e iniciar una profunda reforma de las estructuras del Estado. La única perspectiva con la que Catalunya podría salir ganando era la de avanzar hacia el Estado federal. Pero no ha sido esta la opción del independentismo; ni siquiera estuvo atento a las posibilidades que se ofrecieron en las penúltimas elecciones generales, cuando pudieron hacer una oferta a los partidos de la izquierda para echar al PP del Gobierno.

Es muy posible que al final de esta contienda nos veamos en un nuevo escenario en el que el autogobierno sea menor que el que teníamos 

El independentismo ha preferido ir a una vía de confrontación de incierto final con la que es fácil que los catalanes tengamos todas las de perder. Convocó un referéndum con una ley que se aprobó vulnerando los derechos de los parlamentarios del Parlament de Catalunya,  y que se saltó a la torera el dictamen de los servicios jurídicos de ese mismo Parlament y el acuerdo del Consell de Garanties Estatutàries. Convocó un referéndum sin las más mínimas garantías democráticas que todo referéndum debe tener y sabiendo de antemano que lo más probable sería que no se llegara a realizar, al menos, a realizar con requisitos de auténtico referéndum.

Ahora, los catalanes estamos perdiendo autogobierno a pasos agigantados. La derecha cavernícola española ha puesto en marcha toda su maquinaria y está atacando a las instituciones catalanas en zonas clave de nuestras estructuras de gobierno. Muchas y muchos que no somos independentistas saldremos a la calle, junto con los independentistas, para defender a las instituciones catalanas, pero es muy posible que al final de esta contienda nos veamos en un nuevo escenario en el que nuestro autogobierno sea menor que el que teníamos. Y la pregunta obvia es: ¿no lo sabían de antemano quienes convocaron el referéndum?

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La opción federalista

La pregunta es turbadora, porque las dos respuestas posibles resultan inquietantes. Si no lo sabían, me surge una nueva pregunta: cómo unos responsables políticos pueden llegar a confundir tanto sus deseos con la realidad, y embarcar a una gran parte de la población en un gesta enormemente ilusionante pero que puede acabar en una no menos enorme frustración. Y si lo sabían, creo que han realizado la más perversa de las manipulaciones que podían hacernos a los catalanes, porque quizá lo único que estaban buscando era ganar con amplitud las próximas elecciones autonómicas, aunque ello fuera a costa de perder autogobierno y soberanía. De modo que hoy muchos catalanes nos sentimos atrapados. Atrapados entre la derecha dura e inmovilista que gobierna el Estado y el independentismo aventurero que gobierna Catalunya. Por suerte, aunque con menos ruido mediático, la opción federalista está expandiéndose; y es muy posible que dentro de unos meses sea la única que quede en pie (al menos para los sectores de izquierda que no hayan sucumbido a la frustración).