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Una asamblea constituyente

Revisemos quién queremos ser, pero incluyamos todo aquello que sí define de verdad las identidades

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Pleno del Parlamento en el que se aprobó la ley del referéndum.

Pleno del Parlamento en el que se aprobó la ley del referéndum. / FERRAN NADEU

Bueno, pues ya tienen todos lo que querían. Unos ansiaban un país nuevo y ahí está; tan nuevo que, en virtud de la fractura que lo desgaja por la mitad, no es un país sino dos. Los otros querían un país indivisible y lo golpean con el mazo de la ley, fingiendo no darse cuenta de que, por debajo de la piel aparentemente entera, se ha resquebrajado el esqueleto. Llevan años tirando de ambos extremos de la cuerda: tiraba Aznar hacia un lado, Carod hacia el otro; Mas para aquí, Zapatero para allá; tironcito de PuigdemontPuigdemontempujón de Rajoy.

Unos aprovecharon la crisis para contaminar el descontento popular con la ponzoña nacionalista; los otros, para liquidar de la noche a la mañana derechos cuya consecución había costado décadas de lucha. 

Si las sociedades no se construyeran bajo la tensión entre sus componentes extremos, no harían falta las constituciones

Unos quieren tapiar la puerta del progreso con el hormigón armado de la Constitución; los otros arguyen que esta Constitución fue una componenda, forjada entre el ruido de sables, la amenaza del tiro en la nuca y el camelo del "café para todos". Claro que lo fue. Todas lo son. Si las sociedades no se construyeran bajo la tensión entre sus componentes extremos, no harían falta las constituciones; son precisamente el registro del mínimo acuerdo posible, en forma de imposiciones y cesiones mutuas entre todos sus elementos.

Decidamos

A unos y a otros solo podemos decirles: "Hagámoslo otra vez". Revisemos quién queremos ser, pero incluyamos todo aquello que sí define de verdad las identidades. Decidamos en asamblea constituyente si queremos ser monarquía república, si hemos de mantener el concordato con el Vaticano, si el criterio rector de la economía debe ser el pánico al déficit, si vamos a establecer prioridades ecológicas, si conviene o no blindar constitucionalmente derechos básicos como la vivienda o el trabajo. 

Todo lo que haga falta. Incluyamos la obligación de revisar esa ley general cada 25 años, para que nadie se vea tentado de convocarnos a la paradójica desobediencia. Saquemos de no sé dónde la ilusión de limpiar la mugre acumulada en un espejo en el que llevamos demasiado tiempo mirándonos de reojo. 

No podremos hacerlo sin quitarnos antes el lastre de la guerra civil con una reprobación unánime del franquismo y una ley -proactiva y dotada de presupuesto- que permita sacar a los muertos de las cunetas. La derecha debería no solo aceptar sino incluso protagonizar esa reprobación; marcando distancias con el pasado sería la primera en beneficiarse, y tal vez la izquierda podría entonces entonar la parte de mea culpa que le corresponda para librarnos de la horrible tortícolis colectiva que le provoca a España tener que andar mirando siempre hacia atrás.

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La verdadera batalla

(Mientras releo lo anterior, recibo una llamada de una amiga sindicalista, feliz porque ha logrado que la empresa en la que trabaja conceda indemnizaciones de 35 días por año. Me da lástima recordarle que antes de la reforma laboral la ley establecía un mínimo de 45 días. Esa es la batalla que perdemos por incomparecencia mientras nos pegamos con las banderitas en la cabeza.)