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Ideas

Fueron más de 120, todos los intelectuales castellanos que contaban, quienes firmaron el famoso manifiesto a favor del catalán en plena dictadura de Primo de Rivera. Ahora, en cambio, es casi unánime, con poquísimas y silenciadas excepciones, la consideración de que Mariano Rajoy tiene la obligación de castigar a la rebelde Catalunya con mano y guante de hierro.

El manifiesto de los 900 de 'El País' es un cheque en blanco a la represión. Aún tendremos que ver cómo se alegran cuando se desate, si se confirma el peor de los escenarios, con suspensión de la autonomía, juicios por doquier, proscripción de la misma idea de independencia y arrinconamiento del catalán y sus medios públicos y privados de expresión. También comprobaremos cómo dentro de siete años de mano muy dura, en el 2024, no pasan de cuatro los que insinúan desde Madrid que tal vez ya baste.

A los de la cultura ya les va bien que todos los poderes se concentren en uno

¿Qué ha cambiado? Que de las dos Españas, la primera ha ganado por goleada porque se ha adaptado formalmente a los esquemas europeos. Que todo Madrid y una parte muy relevante de Barcelona han renunciado a hilvanar un país de primera o a luchar contra la injusticia social. A los de la cultura ya les va bien que todos los poderes se concentren en uno, en sentido contrario al requisito de esparcirlo, inherente a las democracias no superficiales. Lo mismo vale para los instalados y para los que aspiran a instalarse.

Si no he firmado el manifiesto a favor de la libertad catalana como mis amigos, a pesar de compartir su contenido, es porque aquí la cultura también ha sido expulsada del ágora. Ya no aspira a mejorar la existencia ni a aguzar el sentido crítico. Porque se conforma con la supervivencia en vez de aspirar a la excelencia. Y porque ningún líder independentista, ni político ni intelectual, se ha tomado siquiera la molestia de insinuar que la cultura deba recuperar nunca un mínimo de centralidad, ni en el país real ni en el deseado.

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