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Un derecho básico

Una joven observa unas obras de construcción de pisos en Barcelona.

ARCHIVO / CARLOS MONTAÑÉS

Vivir (y trabajar) en la ciudad

Joan Subirats

El problema de la vivienda en Barcelona solo se podrá afrontar si se aborda a escala metropolitana


Aunque no lo parezca y sea cada vez más difícil, más allá del tema del 1 de octubre hay vida. Pero una vida complicada si quieres vivir y trabajar en Barcelona, sobre todo si tienes menos de 30 años. Eso es al menos lo que mostraba el informe que este diario publicó y en el que se ponía de relieve el notable aumento de precios en el alquiler de pisos que se ha ido produciendo en la ciudad en los últimos años. El alquiler medio se sitúa por encima los 750 euros, con un incremento del 12% en el último año. Hay, sin duda, muchos factores que coinciden para que esa tendencia al alza se haya producido, a pesar de que el número de viviendas en alquiler en la ciudad ha aumentado notablemente en este último periodo.

En el caso de querer compartir piso, el alquiler de una habitación tampoco resulta muy accesible, ya que la media se sitúa en 370 euros al mes. Barcelona resulta, pues, una ciudad cara tanto para residentes estables como para estudiantes o gente que quiera compartir piso. No todo es atribuible a la presión turística y a la tan discutida presencia de AirBnB y otras plataformas digitales de alquiler por días o semanas, pero sin duda su influencia no ha sido pequeña.

Un solo ocupante

Los datos apuntan a que de las casi 700.000 viviendas catalogadas como primera residencia, 200.000 tienen un solo ocupante, y en una cifra similar tenemos las casas con solo dos ocupantes. Todo ello en una ciudad pequeña si atendemos a su superficie (100 kilómetros cuadrados), llena de oficinas, universidades, escuelas y espacios comerciales. Últimamente han empezado a darse fenómenos de inversión inmobiliaria en edificios y pisos cuyo principal objetivo no es la utilización como vivienda u otro fin, sino como 'safety box', es decir, como inversión a rentabilizar en el futuro o simplemente como espacio al que acudir por parte de gente con mucho dinero cuando les venga en gana. Y todo ello sin contar los pisos vacíos que han quedado en tal situación después del pinchazo de la burbuja de hace unos años y pendientes ahora de que los salden inmobiliarias dependientes de bancos.

La falta de un parque público de viviendas, atribuible a la ausencia de política pública de vivienda real durante muchos años, o la falta de tradición cooperativa en la construcción y gestión de viviendas (como sí ocurre en los países del centro y norte de Europa), acentúan la gravedad de esos datos si nos ponemos en la piel de quienes quieren residir en Barcelona. Del conjunto de viviendas disponibles en la ciudad, las de alquiler son alrededor del 30% y han tendido a crecer, pero eso no ha redundado en un descenso de los precios. Hay personas que se van de la ciudad (unas 6.000 en el 2016), pero otras muchas llegan (unos 20.000 extranjeros también en el 2016), con lo que la ciudad vuelve a crecer y mantiene la presión sobre el mercado inmobiliario.

Una ecuación que no funciona

Si atendemos al tema laboral, vemos cómo la ecuación trabajo-vivienda-subsistencia no acaba de funcionar. Una tercera parte de los barceloneses ganan menos de 1.000 euros, y la cifra llega a las dos terceras partes si nos referimos a los menores de 30 años. La precarización y los salarios de miseria son ya la norma en los trabajos que se ofrecen para jóvenes, y la cosa es aún peor cuando se reviste esa mala calidad del empleo con fórmulas como la del emprendedor autónomo, con la que algunas plataformas de servicios eluden la normativa laboral que tanto costó conseguir. En esas condiciones, tratar de emanciparse y vivir por tu cuenta o simplemente subsistir empieza ser misión imposible.

¿Qué hacer? Aumentar el parque de viviendas sociales, incentivar la generación de cooperativas de vivienda utilizando la cesión de uso en solares de propiedad pública, comprar edificios susceptibles de generar más especulación y ofrecerlos a precios accesibles, generar una tasa de referencia de precios de alquiler por barrio… Todo eso se ha empezado a hacer y puede ir dando frutos a medio plazo, pero no deja de ser una respuesta paliativa ante la gravedad del tema en una ciudad hiperconsolidada como es Barcelona.

O se aborda el tema a escala metropolitana o será imposible lidiar con la acometida conjunta del turismo, la especulación inmobiliaria, la financiarización de la vivienda y los fondos de inversión buscando mejorar como sea sus tasas de beneficio. Cada vez más nos vamos dando cuenta de que muchos de los temas y problemas pendientes de la ciudad pequeña solo serán abordables desde la ciudad grande, pero para ello conviene dejar fuera las lógicas jerárquicas y avanzar en mecanismos de gobernanza conjunta de políticas verdaderamente metropolitanas.