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EL LENGUAJE Y LA MEMORIA

El idioma que hablamos está conformado por innumerables capas, un sustrato emocional

A veces oigo voces. Cuando voy por la calle con algo de prisa, temiendo llegar tarde, y me decido a coger un taxi. En el momento en que levanto la mano para parar uno, en mi cabeza suena la voz de mi abuela que dice "eso, coge un tachis". Algo que solo me pasa en Barcelona; en otras ciudades no hay 'tachis'.

También me sucede en el supermercado o al abrir la nevera de casa y alargar la mano para sacar un yogur, entonces la voz de la abuela de un amigo, una señora a la que recuerdo con mucho cariño, me pregunta: "¿Vas a comerte un goyurín?".  Y tantas, tantas veces, si algo me molesta, me descubre repitiendo una expresión que usaba una amiga muy querida, "esto no me place", y su voz resuena en los armónicos de la mía. 

Somos seres de la palabra. Y nuestra forma de hablar está contando nuestra historia

Sustrato emocional

El idioma que hablamos está conformado por innumerables capas. No se trata solo de que seamos capaces de cambiar de registros familiares o coloquiales a otros más formales, me refiero también a un sustrato emocional que transportamos en nuestras palabras, que tiene que ver con nuestra propia historia.

Conservamos fotos que nos recuerdan qué aspecto teníamos en el pasado. Nos reímos con cariñoso espanto al ver cómo nos vestíamos y peinábamos, consolados al constatar que el resto de las personas de las imágenes tienen una pinta similar. Tal vez contemplamos nostálgicos nuestros rostros mucho más jóvenes, los cuerpos más delgados y elásticos. Guardamos fotos nuestras y de familiares y amigos y las llamamos "recuerdos". Miramos fotos para recordar. 

Pero tal vez no seamos tan conscientes de que aún más cerca, más dentro, llevamos recuerdos en forma de palabras y de expresiones que adoptamos y conforman un léxico propio, que no va a llegar a los diccionarios, pero que son igualmente valiosas. Palabras algo abolladas, como los "tachis" de mi abuela, que tal vez no podamos usar en público, pero que guardamos con cariño en un cajón de la memoria. Palabras que hablan de experiencias comunes. Como algunas palabras alemanas que se cuelan, con morfología española, en las conversaciones de los hispanohablantes en Alemania. "¿Te has anmeldeado?", te preguntan para saber si ya te has inscrito como residente, deformando el verbo alemán 'anmelden', que significa 'inscribirse', una palabra que nos remite a una experiencia compartida, puesto que es una de las primeras cosas que tuvimos que hacer al llegar. Es parte de nuestra historia. 

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Automatismos del lenguaje

Incluso esas expresiones que en algún momento todo el mundo repetía: "No te enrolles, Charles Boyer", "efectiviwonder"… o los bobos automatismos sacados de programas de televisión y anuncios del tipo "¿cómo están ustedes?" o "el algodón no engaña", son parte de nuestra historia lingüística, aunque más de uno ahora se muerda la lengua para que no se le escapen, como otros esconden las fotos con los pantalones de pata de elefante o la permanente afro.

Sonidos, palabras, expresiones tan poderosos o más que las imágenes, porque somos seres de la palabra. Y nuestra forma de hablar está contando nuestra historia. 

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