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Lecciones no aprendidas

Pere Vilanova

Los alcaldes, independentistas o no, tienen la legitimidad del sufragio universal

Después de seis años, ya tenemos perspectiva y datos como para hacer un cierto balance de la situación creada, no porque ello ayude a encontrar una solución a corto plazo (de eso, nada de nada), sino para que en su día los estudiosos de este tipo de fenómenos puedan establecer comparaciones.

Ante todo, en estos años  se ha ido produciendo una polarización política a escala catalana, pero también española,  sin precedentes desde antes de la Transición. Hoy en día queda poco espacio para lo que en sociología electoral se llama "indecisos". Es cierto que las seis diadas han demostrado una alta capacidad de movilización ciudadana, lo cual no es sencillo durante tantos años, pero también es cierto que el espacio independentista no ha subido de modo constante, sino que en términos cuantitativos parece haberse estabilizado en  techo que queda algo por debajo del 50%. En privado, personas muy comprometidas con el proceso admiten que eso no era lo esperado, que quizá no pueda ser suficiente, y sobre todo, que no se ha ganado en "transversalidad". De modo que el trasvase de indecisos puede darse por cerrado, y ello debería ser un factor de preocupación para los partidos independentistas.

En segundo lugar, queda plenamente confirmado que la política es un campo altamente emocional, tanto a nivel individual como sobre todo colectivo y, si bien la democracia puede parecer aburrida en largas épocas de normalidad institucional, cuando se entra en una espiral de gran agitación, las expectativas de unos y otros tienden aceleradamente al territorio de la pasión colectiva. Lo ha explicado de modo muy inteligente el doctor Tobeña en su libro 'La pasión secesionista', al plantear el concepto de "enamoramiento colectivo". Y por cierto, algún programa de alguna radio pública catalana trató al autor con muy malos modos. El problema es que la pasión tiende a reducir el espacio de la razón, un clásico de 'suma cero' en teoría de juegos, con lo cual precisamente cuando más necesaria es, menos margen queda para la negociación racional.

Mala fe en el uso del lenguaje

La tercera derivada tiene que ver con la mala fe en el uso del lenguaje, entre contendientes que se han instalado en una especie de plató virtual permanente. Por ejemplo, el mismo día que el 'president' decía en su discurso de la Diada que nada ni nadie dividirá a la sociedad catalana, él mismo llamaba a los ciudadanos independentistas a "encararse" con los alcaldes no independentistas. Este tipo de iniciativas, es comprensible que las hagan instituciones no gubernamentales, como la ANC u Òmnium, pero... ¡el presidente de la Generalitat!

Los alcaldes, independentistas o no,  tienen la legitimidad del sufragio universal,  y nadie parece preguntarse por qué la AMI (Associació de Municipis per la Independència) no ha salido en defensa de sus colegas (no independentistas), pero esto es buscar cinco pies al gato. El replicante de la película 'Blade Runner' podría decir en su día: "He visto cosas que no creeríais..."

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