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ANÁLISIS

Colau trata de encontrar una solución intermedia, pero espacio para eso apenas queda

Como la política se ha vuelto imprevista y sorprendente, existe cierta incredulidad por que haya pasado lo que se preveía que fuera a pasar. Y hay quien se exclama. El Parlament aprobó la ley del referéndum e incluso la fundacional, como quería la CUP, en un pleno que desbordó a Forcadell y contribuyó a desacreditar el 'procés', según enfatizan en la Moncloa. Luego el Gobierno reaccionó como había anunciado, con recursos a la ley y una frase que Mariano Rajoy soltó para quienes le piden en privado, porque se lo piden, que opte por la mano dura: “Sé lo que se espera de mí”. Ahí está la frase, planeando sobre septiembre y, de momento, las suspensiones alcanzan incluso a un acto previsto en el Ayuntamiento de Madrid.

Llegó la Diada, cuentan que la menos participada de las últimas seis, y ocurrió lo que anticipaban las crónicas: una movilización multitudinaria, festiva y familiar, que no pedía ya el referéndum, sino directamente la independencia. Quienes quieran la consulta pero discrepen de la secesión tendrán que buscar otras manifestaciones. De fuera, algunos preguntaban si en las calles de Barcelona se notaba la crispación que se percibe en algunas declaraciones políticas, pero en las calles la realidad es mucho menos exagerada. 

Imprevisto y sorprendente, en fin, ha pasado lo esperable y al llegar al punto al que se dijo que llegaríamos nadie sabe lo que pasará. En Madrid preguntan cómo se hará el referéndum y en Catalunya, cómo lo impedirán. Quedan pocas dudas de que la política ha fracasado, "¿cómo se ha podido llegar hasta aquí?”, dicen que exclaman los embajadores de otros países, sorprendidos ellos también- y la gestión de ese fracaso, que es político, se traspasa a los funcionarios, en especial a los mossos, a los alcaldes y hasta a los ciudadanos. "Mírame a los ojos y dime: ¿me dejarás votar o impedirás que vote?", propuso Puigdemont para los vecinos que se encuentren con un edil que no ponga las urnas y la alcaldesa de L’Hospitalet se quejó ante el president por la presión que puedan sufrir en adelante los representantes municipales. El ambiente en la calle no es crispado pero el tono se eleva y se configura una especie de frente metropolitano con semejanzas a aquel que ejerció de contrapeso al pujolismo. 

El último eslabón de la cadena política

Después de que, para sorpresa general, haya sucedido lo que estaba anunciado, ha empezado la fase álgida de la improvisación y los planes del Govern contemplan descargar responsabilidades sobre los mossos o los alcaldes, que son el último eslabón en la cadena política, quienes mejor conocen la convivencia en sus barrios y que quedan expuestos ante sus vecinos en pleno marasmo de todas las inseguridades jurídicas.

Es verdad que a Colau le sucede como a Puigdemont y a Rajoy, que quedó enmarañada en sus propias promesas y cada día emite un mensaje distinto “para que la gente vote” en lo que ella misma se resiste a llamar votación. La alcaldesa trata de encontrar una solución intermedia, pero espacio para eso apenas queda. Así que si se ha hecho tarde y hay que mirarse a los ojos, a lo mejor toca preguntarse si la salida estaba en señalar a los alcaldes y, como último recurso, prometerles tranquilidad.

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