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EDITORIAL

La Diada del independentismo

La manifestación del 11-S sirvió al soberanismo para mostrar músculo, pero excluyó a la mitad de los catalanes

Los asistentes entre el Passeig de Gràcia y la calle Aragó.

Los asistentes entre el Passeig de Gràcia y la calle Aragó. / CARLOS MONTAÑES

Ya son seis las 'Diades' consecutivas en las que el independentismo ha demostrado, en mayor o menor medida, su capacidad de movilización y su civismo. Más allá de las guerras de cifras, que centenares de miles de personas se manifiesten cada año, en un ambiente festivo y sin asomo de violencia, es un dato que a nadie debería pasar por alto. Tienen razón quienes lamentan que una festividad que antes era de todos haya sido patrimonializada por una parte muy determinada de la sociedad catalana, este año de forma tan explícita como elocuente era el lema de la manifestación: La Diada del Sí.

Nada será posible tras el 1-O, se celebre el anunciado referéndum o sea un simple simulacro, sin tener en cuenta que esa mitad de Catalunya existe, y que sus legítimas aspiraciones políticas no pueden ser ignoradas. De la misma forma, no se puede excluir a la otra mitad de Catalunya, a la que este lunes ni se manifestó ni se sintió representada, del devenir político catalán. Esa mitad de Catalunya a cuyos representantes en el Parlament la mayoría (en escaños, que no en votos) independentista aplicó el rodillo la semana pasada. Esa mitad que ya no se siente representada por  las masivas manifestaciones del Onze de Setembre desde que mutaron del derecho a decidir a reclamar sin tapujos la independencia. Porque no hay que olvidar que la manifestación fue la de los del 'sí' en un referéndum, el del 1-O, que vulnera la Constitución y el Estatut. Este año no se han manifestado ni quienes votarían que 'no' ni quienes quisieran una consulta, pero no una basada en la desobediencia. La marcha de la Diada fue estrictamente de parte.

Eso explica parlamentos como el de Neus Lloveras, alcaldesa de Vilanova i la Geltrú y presidenta de la Associació de Municipis per la Independència (AMI), en el que instó a los alcaldes de ciudades como Barcelona, Lleida y Tarragona a implicarse «con la democracia». Lloveras fue la última en sumarse a la presión a los alcaldes –incluidos intolerables llamamientos a presiones individuales–, después de manifestaciones similares de Carles Puigdemont y Jordi Turull. Al margen de que dividir entre 'buenos' y 'malos' alcaldes (y, por tanto, catalanes), es un camino muy peligroso. Se equivoca la cúpula indepenentista: el 1-O, unilateral y fuera del ordenamiento jurídico, no es un asunto de democracia, sino de legalidad.