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El desafío secesionista

La semana pasada, en el Parlament, tuvimos la prueba definitiva de que el separatismo ha pretendido ganar la partida a golpes

No cabe duda que desde 2012 el independentismo se ha convertido en un movimiento de masas que ha logrado con motivo de la Diada exhibiciones sin precedentes, cargadas de idealismo, emoción y estética colorista. La pasión secesionista que tan bien ha descrito en su libro el psiquiatra Adolf Tobeña funciona como una especie de “religión por sustitución” en la que se busca el cielo en la tierra. Tenemos a un grupo muy  numeroso de ciudadanos enamorados de la idea de construir una república catalana perfecta formada por gente igualmente perfecta (honrada, solidaria, trabajadora, moderna, etc.).

Y mientras dure ese enamoramiento, alimentado por el supremacismo nacionalista de creerse no solo diferentes sino mejores y, por tanto, merecedores de un Estado exclusivo para los catalanes, hay poco que hacer o decir desde la razón. Aunque el separatismo ha vuelto a demostrar este año que conserva una indiscutible capacidad de movilización, al ritmo de una estudiada coreografía, el número de asistentes reales (dividan casi siempre por dos y medio las cifras oficiales de manifestantes) se ha quedado muy lejos de las demostraciones de fuerza de 2013 y 2014.

El gradual decaimiento es lógico, si quieren hasta por cansancio en la liturgia, pero es significativo que prosiga en el momento más determinante y crucial del desafío político secesionista. Por supuesto que eso no quita ni da razones. Es lo que siempre hemos sostenido los pocos que ya en 2012, cuando casi toda Catalunya quedó atrapada por el hechizo del derecho a decidir, decíamos que la democracia no funciona a golpe de encuestas ni de manifestaciones. Que no valía eso de que el 80% quería votar imperativamente, como tampoco que los cientos de miles de independentistas en la calle representaban la voluntad del 'poble català'.

La semana pasada, en el Parlament, vimos que no hay democracia sin respeto hacia las normas y las formas. Tuvimos la prueba definitiva de que el separatismo ha pretendido ganar la partida a golpes. No solo de manifestantes, también golpeando los derechos democráticos de los diputados de la oposición.

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