El cálculo del riesgo

Certezas, sombras e incertidumbres

Progresamos por el coraje de quienes asumen riesgos razonables y superan dificultades

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Panorámica área de la Punta del Fangar, en el delta del Ebro, en el año 2009. La zonas deltaicas, que ya aprecian claramente el aumento del nivel del mar, son uno de los territorios más vulnerables al cambio climático.

Panorámica área de la Punta del Fangar, en el delta del Ebro, en el año 2009. La zonas deltaicas, que ya aprecian claramente el aumento del nivel del mar, son uno de los territorios más vulnerables al cambio climático. / XAVIER JUBIERRE

El litoral catalán goza de un clima mediterráneo, netamente diferente del clima atlántico del litoral escocés; he ahí una certeza. No conocemos con perfecto detalle el microclima concreto de un determinado valle que nunca nadie ha estudiado a fondo, pero que, sin duda, podríamos llegar a conocer; he ahí una sombra. Nadie puede predecir con exactitud qué tiempo exacto hará dentro de dos meses a las dos y media de la tarde en un punto preciso de una zona conocida; he ahí una incertidumbre.

La gestión de la cotidianeidad obliga a tomar decisiones en un contexto de certezas, sombras e incertidumbres. Cualquiera puede actuar con reconfortante tranquilidad si dispone de muchas certezas y padece pocas sombras. A menudo, sin embargo, hay que tomar decisiones rodeados de muchas sombras y, sobre todo, bajo el peso de las inevitables incertidumbres. Hacerlo, cuesta; atreverse, tiene mérito.

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Resulta más cómodo, desde luego, refugiarse en la coartada: dado que persisten las sombras y, además, no tengo la total certeza, no actúo. Más aún: acuso de temerarios, incluso de manipuladores, a quienes se atreven a hacerlo. No me equivoco porque no hago, y desde la autoridad que me confiere no haberme equivocado acuso a los que actúan de cometer errores. Soy un estorbo, pero me proclamo ejemplar.

Debemos esforzarnos incrementando certidumbres y minimizando sombras, pero siempre quedarán incertidumbres. La seguridad total no existe, por eso hay que correr riesgos. La máxima destreza es actuar, honestamente, a pesar de las incertidumbres insalvables y de las sombras persistentes. En el fondo, todos lo hacemos a diario en nuestra vida personal, desde escoger pareja hasta elegir un restaurante. Nos cuesta, en cambio, contribuir a la superación de las sombras colectivas y asumir la decisión calculadamente arriesgada. Los humanos somos así. Me interesan, sobre todo, quienes no se resignan y se la juegan. Salimos adelante gracias a ellos. Deberíamos agradecérselo, incluso si se equivocan.