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HURACANES, TORMENTAS Y TERREMOTOS

Antes, durante y después del desastre

José María Vera

Sabemos que se producirán estos fenómenos, y por eso, más vale que sigamos invirtiendo en prevenirlos

Asistimos a un terrible aluvión de huracanes, tormentas tropicales y terremotos en América Latina y el Caribe. Que estos eventos alcancen o no un nivel catastrófico de víctimas no debe llevarnos a rebajar su impacto: las consecuencias son siempre más graves al afectar a población frágil en zonas vulnerables.

Por ejemplo, el huracán 'Irma' ha destrozado miles de casas y varios puentes al rozar la costa norte de Haití y República Dominicana. Nuestro temor allí son las estructuras de saneamiento y suministro de agua potable, y el peligro potencial del cólera que conlleva su destrucción.  

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Antes de entrar en Estados Unidos, 'Irma' ha dejado a su paso por el Caribe al menos 25 muertos y cuantiosos daños materiales. Azotó Cuba con vientos de 260 kilómetros por hora y dejó daños significativos. En el norte de la República Dominicana muchas personas han perdido viviendas y cultivos. En Haití se teme un rebrote del cólera. Tres países que sufrieron el embate del huracán 'Matthew' y donde algunas familias empezaban a recuperarse.

En todos estos países estamos valorando los daños para dar respuesta junto con las autoridades y organizaciones locales. Nuestro foco está en las poblaciones más vulnerables, las que más sufren tras las catástrofes naturales.

Salvar vidas y acompañar la recuperación

El reto es ser rápidos y eficaces para salvar vidas. Luego hay que permanecer y acompañar la recuperación de manera que se fortalezca la 'resiliencia', la capacidad de resistir más y mejor y reponerse de desastres recurrentes. Antes de un desastre es importante estar, ya que la respuesta a las emergencias empieza en la preparación y la prevención. Una tarea poco vistosa y alejada de las cámaras, crucial para que la población sepa qué hacer, refuerce sus infraestructuras productivas y habitacionales, y el riesgo de muertes se reduzca.

El impacto de sequías y huracanes es profundamente desigual. Es una paradoja: lo sufren más quienes menso contaminan

Sabemos que se producirán estos fenómenos, y por eso, más vale que sigamos invirtiendo en prevenirlos. Desastres naturales como los terremotos se suman a sequías extremas y huracanes con una recurrencia, duración e intensidad que ya los hace antinaturales.  Salvo para unos pocos dementes, es una obviedad que su gravedad está causada por el tan humano cambio climático.

El impacto de los desastres naturales, pequeños y mayores, 15.000 en los últimos 20 años, fuerza a 22 millones de personas a huir de sus casas cada año, 62.000 cada día. Son “refugiados climáticos”, aunque aún no sea una categoría recogida en el derecho internacional de los refugiados. Muchos de quienes vemos arrojándose al mar desde Libia huyen de un clima que les desbordó y arrasó sus medios de vida.

Trump y la banda de negacionistas

El impacto de sequías y huracanes es profundamente desigual. Es una paradoja: lo sufren más quienes menos contaminan. Apenas el 10 % de los gases de efecto invernadero es emitido por la mitad más pobre de la población. Pero en las regiones en las que esta población habita, su propia vulnerabilidad, producto de la pobreza y la desigualdad extrema, conduce a impactos devastadores ante los embates del sol, el viento y la lluvia torrencial.

El egoísmo tan generalizado frente al cambio climático resulta demencial y suicida en el caso de algunos como Trump y la banda de negacionistas. A pesar de la capacidad y preparación del país, recientes huracanes han arrasado zonas de Estados Unidos. Como también va pasando, lentamente, con la España que se desertiza. Un calentamiento por encima de los dos grados centígrados, al que parece estamos abocados si no se toman medidas drásticas, llevará a 100 millones de personas más a la pobreza extrema en el 2030. Una señal, humanamente terrible, de que estaremos en otro planeta. 

Un día, al despertar,
sentiremos el cambio climático más allá de un par de grados adicionales en verano

Mientras tanto en España seguimos a lo nuestro. Hemos laminado el impulso dado a las energías renovables, incrementado nuestras emisiones y apenas nos preocupa lo que le ocurre a quienes sufren en sus vidas, ya hoy, el impacto devastador de huracanes y sequías exacerbados por el cambio climático. La contribución del Gobierno al Fondo Verde es exigua como lo es nuestra ayuda a países vulnerables en preparación y prevención.

Un día, cuando nos despertemos, sentiremos el cambio climático más allá de unos grados de calor adicionales en verano. Las comunidades más pobres fueron arrojadas del sueño hace tiempo y sin apenas recursos se enfrentan a lo que no provocaron.

Por humanidad, por sus derechos, y por responsabilidad, al menos debemos estar ahí. Antes, durante y después del desastre.

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