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Análisis

La secesión y el «régimen del 78»

José A. Sorolla

En las "48 horas negras" del Parlament ha emergido la figura de Joan Coscubiela, que ha puesto el dedo en la llaga


La madrugada de ayer culminó el desafío al Estado protagonizado por la mayoría independentista del Parlament, que ha aprobado en dos días la ley del referéndum y la de transitoriedad jurídica y fundacional de la república. La primera ya está suspendida por el Tribunal Constitucional y la segunda lo será también, pero eso no arredrará al Govern, que intentará celebrar el referéndum por todos los medios, los mismos que pondrá el Gobierno de Mariano Rajoy para impedirlo. Si la consulta se lleva a cabo, el fracaso del Estado será monumental, por lo que hay suficientes razones para creer que ni siquiera un nuevo 9-N es posible.

En los dos días de debates, por llamarlos de alguna forma, ha emergido la figura de Joan Coscubiela, portavoz de Catalunya Sí que es Pot. Sus tres intervenciones, aplaudidas con fervor por el PP y Ciutadans y en ocasiones por  el PSC, mientras en su propio grupo algunos permanecían en silencio o estaban ausentes, han puesto el dedo en la llaga y han sido bombardeadas por los 'hooligans' –en Twitter y fuera de la red– porque las verdades duelen en diversos ámbitos. A Coscubiela, que se declara soberanista y considera legítima la aspiración a la independencia, no se le puede llamar «facha» ni se le puede acusar de anticatalán tan fácilmente. Por eso sus verdades escuecen más. Verdades como la denuncia de que en «48 horas negras» se han «pisoteado los derechos de los ciudadanos», se ha degradado el Parlament y se ha deslegitimado el referéndum. Verdades como citar a Norberto Bobbio para recordar que en democracia los medios condicionan los fines. Verdades como que «en una democracia, el hecho de tener mayoría no autoriza a suspender los derechos de las minorías». Verdades como calificar lo ocurrido de antidemocrático y autoritario y atribuir al 'president' Carles Puigdemont un comportamiento «indigno». O verdades en forma de pregunta sobre la imposible ley de transitoriedad: ¿cómo controlarán el espacio aéreo y marítimo?, ¿cómo obligarán a pagar impuestos a la agencia catalana?, ¿cómo se acordará la doble nacionalidad con un Estado que no pacta el referéndum?, ¿cómo se justifica el control del poder judicial por el Ejecutivo en la transición a la nueva república?

Esta impugnación estaba dirigida a los independentistas. Pero las intervenciones de Coscubiela no merecieron el aplauso de Albano Dante Fachin y otros diputados de su grupo porque desnudan también esa idea nostálgica y trasnochada de que hay que apoyar la secesión porque es una manera de finiquitar el «régimen del 78». El argumento, utilizado asimismo por Gerardo Pisarello en un artículo reciente para justificar su «sí crítico» en el referéndum, o en muchas ocasiones por el exdiputado de la CUP Antonio Baños, queda descalificado por el discurso de un antifranquista, exdirigente de Comisiones Obreras y del PSUC, que es capaz de fustigar a la vez al PP y a la mayoría secesionista. ¿Desde cuándo lo que la izquierda no pudo conseguir en la Transición lo va a lograr ahora aliada con lo que representan Artur Mas o Puigdemont, la ERC más derechista de los últimos años y los restos del carlismo redivivos?
 

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