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Al contrataque

Pleno del Parlamento en el que se aprobó la ley del referéndum.

FERRAN NADEU

'El noi de la mare'

Ana Pastor

Pienso en tantos amigos que estos días te hablan con tristeza y en cuyos ojos se nota que el debate del 'procés' les está desgarrando por dentro

Cuando Joana escucha las primeras palabras que acunan la melodía, se le empiezan a cerrar los ojos. Se resiste pero el sueño está a punto de vencerla. Después de unos minutos, esa nana susurrada al caer el sol espanta sus miedos y con ellos llega el descanso. La pequeña Joana solo tiene 2 años. Aún no sabe que cuando algunas noches su madre le canta 'El noi de la mare' para calmarla está haciendo lo mismo que hizo su abuela, 'l’àvia', con ella hace muchos años.

Aquel «qué le daría yo a mi niña…» suena igual que en esa otra infancia. Entonces en las tardes de San Esteban en Canovelles, Barcelona y ahora en Madrid en cualquier momento. Los afectos no entienden de territorios. Y no lo digo con ningún ánimo de opinar ni querer convencer a nadie de nada. Es solo que he pensado hoy en Joana, en su madre, María, y en 'l’àvia' al escuchar algunas de las cosas que se están diciendo en las últimas semanas. Pienso en ellas y en Marc, Jordi, David, Carles, Anna, en tantos amigos que estos días te hablan con tristeza y en cuyos ojos se nota que el debate del 'procés' les está desgarrando por dentro.

No piensan igual entre ellos. No comparten ideología ni posición sobre el tema. Pero muchos te cuentan que el aire se está volviendo demasiado espeso. He visto cómo algunos tragan saliva cuando te hablan de la preocupación a que algo se haya roto ya en muchos círculos de amigos y de familia. El miedo a que lo político haya inundado, intoxicado y roto algunos lazos de manera irreparable. La zozobra de tener que callar, de evitar el tema, de ni querer hablar para no provocar más grietas de las que ya tenemos bajo los pies.

Por pensar diferente

Me entristece ver a tanta gente buena, decente, querida y respetada, que están siendo señalados en el mejor de los casos e insultados y amenazados en algunos otros por pensar diferente. Recuerdo que hace dos o tres años viajé a Barcelona para entrevistar al entonces president Artur Mas. Horas antes de la entrevista en el Palau de la Generalitat salimos a dar un paseo por el centro de Barcelona. Había en esas fechas un fascinante mercado callejero de libros. Me paré en una de las casetas que tenía cuentos para niños. Había uno del que había escuchado hablar semanas antes y quise comprarlo para mi hijo pequeño.

El librero, muy amablemente, me explicó que solo tenían la versión en catalán de esa historia. Le dije que me lo llevaba igual. Mi hijo todavía no sabía casi leer pero estaba a punto y a mí no me venía mal ampliar mi vocabulario y más en otra lengua. Aquel hombre mayor de gafas pequeñitas y firme defensor de la independencia me dio un abrazo al despedirnos. Y hoy también he pensado en él. En los afectos. En los abrazos. En que ganen a las grietas y a los desgarros.

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