República bananera

Nos enfrentamos a la paradoja definitiva de un referéndum en el que lo más democrático que puede hacer un votante es abstenerse

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Junqueras, Puigdemont y Cullell, en el Consell Executiu de este martes.

Junqueras, Puigdemont y Cullell, en el Consell Executiu de este martes. / ALBERT BERTRAN

En la primavera del 2007 mantuve una larga conversación con Albert Sánchez Piñol, con motivo de la polémica suscitada a raíz de la participación de Catalunya en la Feria del libro de Frankfurt. No se hablaba todavía del 'procés', pero ya empezaban a aflorar las tensiones entre los que aún no se llamaban soberanistas y los que todavía no sabíamos que éramos unionistas.

En cualquier caso, nuestra conversación tuvo un tono absolutamente amable de principio a fin, pese a que enseguida se puso de manifiesto nuestra discrepancia acerca del asunto de Frankfurt. Al despedirnos, Albert dijo estas palabras: "A mí lo que me gustaría es poder reclamar la independencia de mi tierra sin que me consideren un terrorista". A las que respondí lo siguiente: "Tienes razón. Pero a mí también me gustaría poder reclamar la permanencia de Catalunya en España sin que me consideren un facha". 

Ese es el gran logro del soberanismo: acusan de fascista a todo el que no comulgue con ellos y se regodean en prácticas que en ningún país democrático serían de recibo

El inicio del temporal

Diez años después, en la primavera de este 2017, me vino a la memoria aquel intercambio final cuando Gabriel Rufián, interpelado acerca de una manifestación convocada por Societat Civil Catalana, contestó que "también la ultraderecha tiene derecho a manifestarse". A los pocos días me sorprendió oír que Meritxell Ruiz, entonces 'consellera' de Ensenyament, comentando la necesidad de implementar pedagogías más modernas, mencionaba la existencia de un gen catalán. (Cita exacta: «Catalunya sempre ha tingut un gen..., doncs molt avançat en aquest sentit». Programa 'El balcó', de Ràdio Barcelona, el 23 de marzo. Hay podcast). 

Eran las primeras gotas gruesas del temporal que se avecinaba y que se desató definitivamente con un trueno bien sonoro cuando a Lluís Llach le dio por amenazar a los funcionarios: esa bella paradoja de animar a la desobediencia desde el poder, para amenazar a continuación a quien se atreva a desobedecer cuando el poder haya cambiado de manos.

Mandato democrático

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El aguacero ya no ha parado hasta la fecha: leyes exprés, cambios de reglamentación 'ad hoc', purgas  de disidentes en el seno del Gobierno. ¡Leyes clandestinas! En nombre de un sagrado e hipotético mandato democrático se burlan todos los filtros que cimentan el edificio de la democracia. Ese es el gran logro del soberanismo, el acto supremo de hechicería: mientras acusan de fascista a todo el que no comulgue con ellos, se regodean en prácticas que en ningún país con una mínima tradición democrática serían de recibo. Hasta hemos oído a Joan Tardà exclamar en el Parlamento sin sonrojarse: "Adiós corrupción (española por definición, se entiende), bienvenida república" (catalana, pura y modélica, por supuesto). Porque aquí corrupción ni ha habido ni habrá nunca, claro.

Con esos métodos, si se llega a alumbrar un 'pais nou' será por supuesto una república, pero una república bananera. Y como el Gobierno central, gangrenado por una corrupción constante, solo sabe responder con su inoperancia, nos enfrentamos a la paradoja definitiva: un referéndum en el que lo más democrático que puede hacer un votante es abstenerse.