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ANÁLISIS

Recuerdo una frase que me dijo Fernando Torres en vísperas de disputar su primer Mundial en Alemania: «En España somos de nuestros equipos, y luego, si acaso, de la selección». Dos años después, Fernando celebraba la Euro 2008 portando una bandera de España con un escudo del Atleti en el centro durante la celebración por las calles de Madrid. Lo mismo hizo en 2010. Entendí entonces que la frase no era una queja, sino su descripción de una realidad que no iba a cambiar.

Aún así, hubo un tiempo en el que todos fuimos de la selección. Solo han pasado cinco años, exactamente desde que España se impuso a Italia en la final de la Eurocopa de 2012 en Kiev. Cuatro años antes los madridistas miraron a Xavi, Puyol e Iniesta con un cariño que jamás antes imaginaron, el mismo que los culés sintieron hacia Casillas o Ramos. Además de la brillante cosecha de títulos, coronada en Sudáfrica con el Mundial y la forma de conseguirlos a través del célebre tiqui-taca, el otro gran mérito de aquel equipo fue que logró algo inédito en el país. 

Enganchados a un estilo

Por primera vez madridistas, barcelonistas, atléticos, txuri urdin, pericos, valencianistas o celtistas pusieron su sentimiento hacia la selección por delante. No hablo de política ni de nacionalismos sino de puro fútbol. La selección de Luis Aragonés primero y Del Bosque después enganchó a todos tras años de indiferencia. Nos enamoramos de unos jugadores que nos hicieron sentir orgullosos e identificarnos con ellos. Por fin habíamos encontrado una forma de jugar que encajaba con el físico español y además ganaba. 

El Bernabéu alberga este sábado el partido más importante en su clasificación hacia el Mundial de Rusia. Justamente frente a Italia, pieza clave en el camino de la España campeona de Europa en Austria y Ucrania. Hace años que no juegan Puyol, Xavi ni Casillas. Pero sí Ramos y Piqué. El primero ha pedido esta semana al público que no pite al segundo. El segundo no pierde ocasión para incendiar su rivalidad con el Real Madrid cada vez que le preguntan, ni siquiera cuando las preguntas se producen en zona selección. Minutos después del Francia –España el pasado 29 de marzo.

Frenar los pitos

Gerard llegó más lejos que nunca asegurando que no le gustan los valores del club de Concha Espina ni cómo mueven los hilos en el palco del Bernabéu quienes se sientan junto a Florentino. El Madrid nunca contestó al central del Barça, pero Ramos lo hizo ante las cámaras al ser expulsado tras una entrada a Messi en el último clásico. ¿Ahora no hablas?, le preguntaba Sergio.

El cuento probablemente no acabará, pero la selección, ésa que fue de todos hasta hace no mucho, la que presumió de los mejores centrales de Europa, no merece que ni la afición ni sus jugadores la coloquen en segundo plano. Porque esa estrella que lucen en la camiseta es de Piqué igual que de Ramos, y de los aficionados que van a llenar el Bernabéu para ver a España. «Si pitan a Piqué nos pitan a todos», dijo Carvajal esta semana. Si van a pitar, que se queden en casa. En el Bernabéu mañana juega España, no el Madrid.

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