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Al contrataque

En agosto nadie espera nada de nosotros y nosotros lo esperamos todo del mundo


Los últimos días de agosto son siempre los más tristes del año, incluso si, como yo, no te has ido de vacaciones. Ningún mes está tan preñado de esperanzas como el mes de agosto, ni siquiera diciembre con los regalos o enero con el año nuevo. Ningún mes va envuelto en un celofán más radiante y más crujiente.

Agosto es la culminación de abril, que para las mentes simples como la mía es el segundo mejor mes del año. Sé, porque crecí entre artistas, burgueses y mujeres salvajes pero hipersensibles, que lo refinado es que te guste el otoño, con su luz enmoquetada y deprimente, sus árboles cansados, el café con leche casi frío y los niños suplicando clemencia con los ojos llenos de sueño, pero yo prefiero agosto.

En agosto nadie espera nada de nosotros y nosotros lo esperamos todo del mundo. La infancia y la adolescencia son un poco así. Después, en la edad adulta, si no se va con mucho cuidado, la balanza se va invirtiendo. Nacemos con las manos llenas, no se trata de conseguir, sino de no perder.

Agosto es el mar de Cadaqués, los libros y los amores. Tu hijo mayor que ha perdido el bañador pero que como es anticonsumista no deja que le compres otro. Tu hijo pequeño que no es en absoluto anticonsumista y que necesita ir al quiosco cada día a comprar chucherías. Las cenas interminables al aire libre con viejos amigos que te conocen mejor que tú misma y que aun así te quieren. Agosto son las botellas de vino vacías alineadas en el mármol de la cocina como pequeños centinelas. Y esperar a las doce en punto de la mañana para abrir la primera cerveza. Y cruzarte por la calle con la chica que fuiste hace 20 años y que todavía, ¿por cuánto tiempo?, te reconozca.

Por otro lado, ningún mes tiene una luz tan dura o implacable como agosto. En agosto descubres si te has hecho viejo durante el año o si sigues vivo.

Los libros nos esperarán

Recuerdo, cuando era joven, los regresos a la ciudad después de las vacaciones. En cuanto llegaba a Barcelona, caía enferma y pasaba una semana en cama. Era como si hubiese llegado al límite de felicidad y de noches en vela y de locuras que mi cuerpo y mi corazón podían tolerar. La dicha (como la enfermedad) requiere un periodo de convalecencia.

El viernes ya será septiembre, el mes de la gente seria que se toma en serio. Pero he oído que los meteorólogos dicen que este año el mar seguirá caliente hasta octubre, y sé por experiencia que los libros seguirán esperándonos (son amantes generosos y poco exigentes los libros, pocas veces reclaman una entrega absoluta y constante) y los amigos también. Y también sé que en todos los meses del año, en todas las semanas, en casi cada día y cada hora, se esconden algunos minutos de agosto. Espero que sepamos encontrarlos. Feliz septiembre.
 

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