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ANÁLISIS

Kim Jong-un, vencer o morir

Georgina Higueras

El presidente de Corea del Norte ha elevado su apuesta y subestima tal vez la advertencia del jugador de enfrente de que tiene un gatillo fácil

En plenas maniobras militares entre Corea del Sur y Estados Unidos, Kim Jong-un ha dejado claro a sus súbditos que no se arredra y que es falso lo que ha dicho Donald Trump de que las últimas sanciones económicas dictadas por Naciones Unidas con el apoyo total de China le han doblado el brazo. El lanzamiento de un misil Hwasong-12, de alcance medio, por encima de Japón revela la insistencia del régimen de Piongyang en el argumento de que si se sienta a la mesa de negociaciones no será porque haya adoptado el "cierto nivel de moderación" que le atribuyó la semana pasada el secretario de Estado Rex Tillerson, sino porque Estados Unidos y sus aliados lleguen a la conclusión de que la amenaza norcoreana es real.

Kim Jong-un ha elevado su apuesta y solo juega a vencer o morir. Después de ver cómo pagó Muammar el Gadafi su sumisión a EEUU, no habrá promesas ni ayuda suficiente en el mundo para hacerle entregar su arsenal nuclear sin haber logrado antes los objetivos que se propone. A saber, la firma de un tratado de paz entre Washington y Piongyang, que ponga fin oficialmente a la guerra de Corea (1950-1953) y a la sospecha de que EEUU quiere invadir el norte de la península para reunificarla bajo un “gobierno títere”.

La máxima del dirigente norcoreano es, que si la única salida es la muerte, mejor morir matando. De ahí, que desde que subió al poder en 2011, tras el fallecimiento de Kim Jong-il, su obsesión por rearmarse haya superado con creces a la de su padre y a la de su abuelo y fundador de la República Popular Democrática de Corea, Kim Il-sung.

El régimen otrora hermético presenta fisuras que intenta tapar con mayor represión

El astuto dictador tensa la cuerda hasta que da signos de ruptura, tal vez menospreciando la advertencia del jugador de enfrente sobre que tiene un gatillo fácil. Tras el anterior ensayo de un misil balístico intercontinental, que Trump prometió responder con “una furia y fuego jamás vistos en el mundo”, Kim amenazó con lanzar cuatro Kwasong-12 sobre la isla de Guam, que alberga una importante base aérea norteamericana. No solo no lo hizo, sino que ahora ha probado el misil lanzándolo hacia el este, sobrevolando Japón. Esta dirección era la única que le quedaba si quería evitar el sur, donde se encuentra Guam, para no desatar alarma en EEUU; el oeste, que ocupa China, y el norte, en el que está Rusia.

Desde las inmediaciones de Piongyang

Tal vez el mensaje más terrorífico de este último lanzamiento sea que se hizo desde las inmediaciones de Piongyang, lo que revelaría la disposición del régimen a utilizar a la población como escudo humano o a disparar contra el corazón de ciudades cercanas en las que EEUU tiene bases militares, ya sean japonesas, como Tokio o Hiroshima, o surcoreanas, como Seúl. Además, Corea del norte cuenta con 15.000 cañones apuntando al sur y en cuestión de segundos puede acabar con millones de vidas.

La situación de Kim Jong-un es cada día más delicada. El régimen otrora hermético presenta fisuras que intenta tapar con mayor represión, pero entre la población comienza a filtrarse en móviles, USB y DVD clandestinos el abismo que la separa del nivel de vida del Sur. Aunque de momento no se aprecia riesgo de un levantamiento, Kim no puede seguir maltratando a su pueblo indefinidamente.

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