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EL PEOR PRESIDENTE

El 'efecto Trump'

Jordi Puntí

El gobierno errático y demencial de Donald Trump ha conseguido que el prestigio de George W. Bush, el más odiado hace 15 años, parezca intacto

Entre las consecuencias del gobierno errático y demencial de Donald Trump hay una que hasta hace poco era impensable: ha hecho bueno a George W. Bush. O, dicho de otro modo, ha conseguido que el prestigio de Bush hijo parezca intacto. No hace ni 15 años, Bush era el presidente más odiado; medio mundo se manifestaba por el 'no a la guerra' y nadie, salvo el trío de las Azores, se tragaba las mentiras sobre las armas de destrucción masiva. Hace poco, en cambio, estuve en Nueva York y en más de una conversación con amigos salió el nombre de Bush. De acuerdo, decían, sus decisiones eran terribles y se rodeaba de una corte de sátrapas (Rumsfeld, Cheney, Karl Rove). Quizá era un títere, pero al menos no era populista, machista y racista como Donald Trump.

Luego resulta que Bush rompió acuerdos sobre el cambio climático que están en la línea de Trump, y que mantuvo una posición crítica en temas como la eutanasia, la investigación en células madre o el aborto, que Obama sólo pudo revertir a duras penas. Lo curioso es que la restauración de la popularidad de Bush se haya producido por la vía del arte. Una vez retirado, el expresidente se ha dedicado a pintar retratos. Primero pintó a líderes mundiales con quien había tratado, nombres como Putin, el dalái lama o Sarkozy.

El éxito, sin embargo, le ha llegado con un libro de retratos de soldados de su país, veteranos de la guerra de Irak o Afganistán, con heridas físicas o mentales. ¿La calidad artística? Se puede considerar, sí. Busquen en internet. Algún crítico ha dicho que tiene influencia de Lucian Freud, pero esto es hacerle un favor excesivo. En todo caso, por debajo está el cinismo de pintar a los soldados que él envió al matadero de la guerra y volvieron vivos.

Gracias a Trump y la excusa del arte, pues, quién se imaginaba que Bush sería el primero del trío de las Azores en resarcirse. De Tony Blair ni se habla, y en Gran Bretaña sólo se le cita para acusarle de crímenes de guerra e intentar que le juzgue la Corte Penal Internacional. En cuanto a Aznar, se ha afeitado el bigote y conspira, y su pena es que ni siquiera Rajoy le pudo procurar un 'efecto Trump'.