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Análisis

El bolardo antes de hablar

Cristina Pardo

Merece la pena recordar quién estos días ha estado a la altura del betún y quién no

 Trabajar en verano. Qué insignificante me siento al lado de lo que ha pasado en los últimos días, al lado de lo que han tenido que trabajar los Mossos, el resto de fuerzas de seguridad, los servicios de emergencia, los políticos, después de los atentados de Barcelona Cambrils. Y qué manera de trabajar tan eficaz, tan merecedora del respeto de todos. Incluyo a los políticos, sí, porque no son demasiadas las ocasiones que tenemos en el día a día de elogiar su labor. Y francamente, al menos hasta hoy la mayoría ha estado a la altura. Es verdad que la unidad es muy precaria, pero a mí me parece emocionante. Qué le voy a hacer.

En estos días tan duros ha habido excepciones. En muchos ámbitos y en temas quizá menores, pero las polémicas que se han producido son ciertamente lamentables. Puedo empezar por los que criticaron que las autoridades hablasen en sus comparecencias primero en catalán y después en castellano. Es lo que han hecho siempre. ¿Puede ser más incómodo para el que no entienda su lengua? Vale. Pero de ahí a deducir que hay una intención política, un ánimo de fastidiar, una reivindicación soterrada después de unos atentados, me parece que va un mundo. Porque, además, creo que no es cierto. Es verdad que el 'conseller' de Interior calentó los ánimos al diferenciar entre víctimas catalanas y españolas. Sin embargo, provoca sonrojo leer algunas interpretaciones, cuando hay un consenso general en la eficacia y brillantez de la política de comunicación de los Mossos desde el atentado hasta hoy.

Los ataques a Colau 

Puedo seguir con otras polémicas, como la que ha protagonizado un cura de Madrid al asegurar que Ada Colau es en parte responsable de los atentados por negarse a colocar bolardos. La alcaldesa de Barcelona ha tenido que explicar que ella siguió las recomendaciones. Puso obstáculos en las calzadas solo en Navidad, porque así lo sugirió Interior. Además, los expertos coinciden en que no se pueden cortar todas las calles y en que ni siquiera en ese caso estaríamos completamente a salvo. El Arzobispado matizó poco después estas declaraciones de su párroco, recordando que los únicos culpables del atentado son siempre, siempre, los terroristas. ¿Cómo es posible que a estas alturas tengamos que recordar algo tan evidente? ¿Cómo puede ser que se les dé a los violentos el gusto de la grieta en el bando de los buenos? A esta teoría del cura madrileño se ha sumado el alcalde de Alcorcón, el popular David Pérez. Este hombre tiene un largo historial de declaraciones controvertidas. También ha acusado a Colau de "allanar el camino a los terroristas" por no poner bolardos. Se olvida de que la presidenta de Madrid puso maceteros en la calle Preciados un día después de los ataques de Barcelona y Cambrils. Luego no estaban puestos. ¿Tenemos que deducir de ahí que Cifuentes estaba también cometiendo una negligencia? Entiendo que no. 

No más motivos para la decepción 

Y luego está también la CUP y su pretensión de decidir quién puede ir a la manifestación contra el terrorismo de este sábado. El Rey no porque, según dice, es en parte culpable del atentado por su relación con Arabia Saudí. Se puede debatir sobre los vínculos de Occidente con determinados países, pero este trazo grueso es infumable.

Siendo todas estas actitudes minoritarias, pienso que merece la pena recordar quién ha estado a la altura del betún y quién no. Por favor, no nos den más motivos para la decepción, que lo estaban haciendo muy bien. 

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