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Editorial

No, nunca, jamás

Es indudable que lo de hoy ha sido un atentado, y los investigadores dan credibilidad a la reivindicación yihadista

Jóvenes en la Rambla tras el atropello masivo.

Jóvenes en la Rambla tras el atropello masivo. / DAVID ARMENGOL

Las principales capitales europeas y occidentales han sido víctimas del terrorismo que se proclama de origen yihadista. Hoy le ha tocado a Barcelona. El atentado fue en la Rambla, uno de los lugares emblemáticos de la ciudad, punto de visita obligada de los turistas y símbolo de su personalidad cosmopolita y abierta. Murieron 13 personas. Hay más de 80 heridos en los hospitales de la ciudad. Hubieran podido ser otros cualquiera, barceloneses o visitantes. Esta violencia es, además de cruel e irracional, absolutamente ciega. Dice actuar por inspiración de la religión islámica, pero no distingue entre fieles e infieles entre sus víctimas. Es simplemente una locura, sin más. No hay razones ni causas ni preceptos que puedan amparar el asesinato de personas inocentes mientras pasean por una populosa avenida. La condena, pues, es como ha de ser: tajante, unánime, contundente. No, nunca, jamás. Sin añadidos de ningún tipo. Sin contemplaciones. Sin regodearse en el daño que provoca, pero también sin esconder la violencia que ejecuta y sus crueles consecuencias.

La ciudadanía, como suele ocurrir ante este tipo de salvajadas, desde el primer momento se volcó en la atención a las víctimas. Unos heridos ayudaron a otros, los comercios de la Rambla albergaron a los afectados, el transporte público fue gratuito, los hoteles abrieron sus puertas a quienes no podían acceder a su alojamiento, miles de personas donaron sangre... Los servicios de emergencia y los cuerpos de seguridad, liderados en este caso por los Mossos, actuaron coordinadamente en la atención a las víctimas, a sus familiares y en la rápida recuperación de la normalidad.

Las instituciones han estado a la altura de las circunstancias, y deben mantenerlo en los próximos días, que no serán fáciles

Las investigaciones empezaron inmediatamente después de cometerse el atentado con la confusión propia de estos primeros momentos, del todo comprensible a pesar de la premura de la información digital en tiempo real. No hay duda de que se trata de un atentado, y ya han sido detenidas dos personas. El Estado Islámico ha reivindicado las muertes. Todos los indicios dan credibilidad a esta reivindicación. De hecho, se estaba en estado de alerta desde hace meses, se habían activado todos los protocolos de seguridad en los lugares emblemáticos de la ciudad, se habían practicado múltiples detenciones, seguido infinidad de pistas, analizado información de otros países, como el aviso que llegó de la CIA a los Mossos. Explicar todo lo que se ha hecho y todo lo que ha pasado no implica ningún reproche, simplemente sirve para que la población constate que no existe el riesgo cero. Es la barbarie de los terroristas la que ha provocado estas muertes, no la impotencia de las fuerzas policiales ni de los dispositivos de seguridad. La ciudadanía, como suele ocurrir ante este tipo de salvajadas, desde el primer momento se volcó en la atención a las víctimas. Unos heridos ayudaron a otros, los comercios de la Rambla albergaron a los afectados, el transporte público fue gratuito, los hoteles abrieron sus puertas a quienes no podían acceder a su alojamiento, miles de personas donaron sangre... Los servicios de emergencia y los cuerpos de seguridad, liderados en este caso por los Mossos, actuaron coordinadamente en la atención a las víctimas, a sus familiares y en la rápida recuperación de la normalidad.

Las instituciones por un día han aparcado la tensión que viven en los últimos meses y han dado una respuesta unánime, desde la Jefatura del Estado hasta el Ayuntamiento de Barcelona, pasando por los gobiernos español y catalán, todos han estado a la altura de las circunstancias. Y deben mantenerlo en los próximos días, que no serán fáciles. El duelo de los muertos, la atención a las víctimas y a sus familiares, la investigación hasta llevar ante la justicia a todos los que han intervenido en el atentado, la recuperación de la normalidad en la vida ciudadana... Esas han de ser las prioridades, sin buscar qué rédito político se puede sacar de esta terrible tragedia. La ciudadanía saldrá este viernes a la calle para expresar su rechazo de este atentado, para homenajear a las víctimas, para decir a los terroristas que no han conseguido su propósito de atemorizarla y para recordar a las instituciones que es el momento de trabajar pensando en estar a la altura de las circunstancias. Una ola de solidaridad internacional se ha desatado con Barcelona, la ciudad agradece esos gestos, que ayudan a superar estos momentos de horror, de angustia y de impotencia. Las secuelas durarán. Habrá que trabajar duro para superarlas, pero el mensaje siempre es y será el mismo: no hay resignación, nunca lo aceptaremos, jamás lo entenderemos.

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