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Análisis

Lección de Barcelona

Pere Vilanova

En ninguna de las otras sociedades que han sufrido atentados yihadistas se ha destruido o debilitado la democracia

Desde la lógica del terrorista, lo que ha sucedido en Barcelona parece responder a un escenario ideal. El momento, mediados de agosto, con el pico de visitas de turistas estivales. El lugar, perfecto, Barcelona, ciudad europea de moda, de las cuatro o cinco más visitadas en Europa. La hora, de máxima afluencia en el eje de las Ramblas, desde la plaza de Catalunya hasta el puerto. Pero el escenario, a las pocas horas del atentado, se complica desde la óptica de todos los demás, los que no somos el terrorista. Confusión inicial, informaciones contradictorias, desconcierto de los medios de comunicación, hermetismo de las fuerzas de seguridad. Y una sensación de déja vu: es inevitable que las imágenes de Niza, Londres, Berlín o París vuelvan a nuestra memoria. Merece la pena detenerse en algunos aspectos adicionales, partiendo de que toda simplificación es, en casos como este, sumamente negativa.

Hay que partir de la admisión de lo trágico del suceso, no negar su gravedad, pero también hay que poner de relieve otros aspectos. El protocolo de las fuerzas de seguridad se ha desplegado con rapidez; policía, ambulancias, dispositivos de crisis, han aparecido en minutos, y la gente, pasada la conmoción inicial, parece haber reaccionado con calma, aceptando las instrucciones de la policía con disciplina. Los medios de comunicación han emitido en general las informaciones según iban saliendo, con prudencia y advirtiendo de la provisionalidad del caudal informativo. En definitiva, ha habido una serenidad considerable.

La dimensión de las redes 

Más compleja es la dimensión de las redes y su función contradictoria. Por un lado, como es inevitable en estos casos, han sido utilizadas masivamente por la gente para avisarse unos a otros, tranquilizar a familiares y amigos, y esto tiene un efecto positivo de efecto inmediato. Por otro lado, las fuerzas de seguridad han podido usar las redes para enviar avisos a la ciudadanía, informar de teléfonos de emergencia, centros de acogida, etcétera. Sin embargo, simultáneamente las redes han servido para muchas otras cosas, algunas basadas en actuaciones de espontáneos que van de lo superficial a lo totalmente innecesario: que si se ha visto tal cosa aquí, que si unos sospechosos allí, cosa que no facilita la actuación de las fuerzas de seguridad. Luego están los apologetas de la sinrazón y los de las recetas tan inútiles como simplistas. Se trata de la función de desahogo que las redes otorgan a los pobres de espíritu. Incluso alguno o alguna ha tenido tiempo de lanzar un verso libre sobre el tema España-Catalunya.

Mecanismo de solidaridad

Pero justamente, una vez más, cuando se produce un drama como el que nos afecta ahora resulta que los líderes políticos y sociales saben estar a la altura y los mecanismos de solidaridad se activan instantáneamente. Lástima que durará lo que tardemos en procesar este duelo, pero es propio de la democracia que cada cosa tenga su tiempo y haya un tiempo para cada cosa. Hay que profundizar en esta lección, porque en ella reside el gran fracaso de los terroristas. Hemos mencionado Niza París, Londres (hasta tres ataques en poco tiempo), Berlín... Ataques con un terrible balance en vidas humanas. Pero en las sociedades afectadas, la francesa, la alemana, la británica, como hace más de diez años con Atocha, ninguno de estos atentados ha destruido o debilitado la democracia, que tiene muchos defectos pero es resiliente, resistente y tozuda. Muchos dirán que Barcelona estaba en el punto de vista, y es verdad. Se han mejorado mucho en los últimos años los mecanismos de información y comunicación, sabiendo que la prevención es la batalla crucial pero que nunca cabe descartar un ataque como el de esta tarde. Ante este tipo de situaciones, quien prometa soluciones fáciles, rápidas, en blanco y negro, está vendiendo humo.

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