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EN PRIMERA PERSONA

Parte del público que asistió al concierto de Matisyahu en el Rototom, en agosto del 2015. 

HEINO KALIS (REUTERS / HEINO KALIS)

Fauna festivalera

Begoña González

Fiesta, música, alcohol y amigos... Hasta ahí la parte fácil, porque sobrevivir una semana casi sin dormir ni comer no es sencillo

Festivales, qué lugares. Todos los veranos tienen lugar algunos de los festivales más importantes del panorama musical y, como las abejas a la miel, cientos de miles de jóvenes nos damos cita cada año en alguno de ellos. 

Electrónica, rock, indie, metal... Los hay para todos los gustos, y tienen cabida para todos nosotros. "Cada loco con su tema", como se suele decir, y es que, después de haber compaginado dos trabajos durante meses o de haber terminado la carrera, seguro que muchos (como yo misma) se han dejado la piel ahorrando con lo poco que queda limpio al final de mes para conseguir una entrada para cualquiera de las citas del verano.  

Si la convivencia de por sí es difícil, en los festivales se convierte en un reto aún más duro

Ayer por fin llegó para mí ese esperado, pero agridulce, momento con el que llevaba fantaseando todo el año. Soy fan de la música 'reggae' (un género musical que va mucho más allá de Bob Marley, por cierto, y que para disfrutarlo no es necesario llevar rastas ni fumar porros, en contra de lo que piensan muchos) y cada año disfruto de mi semana de desconexión total en el Rototom, pero seamos sinceros: no es todo jauja. En cualquier festival nada es tan idílico como lo pintan los anuncios de cerveza de principios de verano: los festivales son un mundo, y los cámpings de estos, una selva.

Ciudad sin ley

Al contrario de lo que parece, y tras varios años de experiencia, puedo afirmar que la vida del festivalero es dura, y el que diga lo contrario no sabe de lo que habla. Fiesta, música, alcohol y amigos. Hasta ahí la parte fácil, pero luego cada madrugada empieza lo bueno. Busca tu tienda, métete dentro, soporta el calor y al resto de los borrachos que intentan hacer lo mismo que tú con sus distintas manías y caprichos… Sobrevivir a una semana de fiesta casi sin dormir ni comer en condiciones decentes no es sencillo. 

Muchos dirán: "Pero si estás en un cámping, ¿qué problemas puede haber?". Compañero, bienvenido a la ciudad sin ley. Si la convivencia de por sí es difícil, en los festivales se convierte en un reto aún más duro, y es que es complicado no empezar a gritar improperios cuando, después de darlo todo por la noche y conseguir estabilizar el movimiento del techo sacando la pierna del colchón, consigues relajarte y llega un iluminado chillando o tocando la guitarra. Uno, dos, tres… Habrá que contar hasta 10. Qué remedio, aún quedan días por delante y nada ni nadie te los va a arruinar.

La paciencia, una aliada

Las noches y los vecinos no son lo único complicado. Ni siquiera voy a recurrir al tema de los baños, que valdría para un artículo por sí solo, sino a tus propios compañeros, que a veces pueden ser de lo peor, porque en ningún grupo falta el colega que se escaquea de hacer comidas o fregar platos o el que ronca como un oso pardo cada vez que pilla la tienda. En fin, al final ya sabes con quién vas y la paciencia suele convertirse en el mejor de tus aliados. Si no fuera por eso, a ver quién aguanta de buen humor y con resaca durante una semana… Sarna con gusto no pica, pero mortifica.

Al final lo importante es activar el modo zen y disfrutar, que es lo único que importa. Pasarlo bien, desconectar y que te entre por un oído y te salga por el otro cualquier cosa que te pueda molestar. Y es que, después de ahorrar durante meses y planchar muchas lavadoras, seguramente habrás conseguido comprar la entrada y lograr el permiso de tus padres para coger el coche, y sabes que no hay nada que pueda fastidiar este momento que llevas esperando desde que terminó el verano pasado. Yo lo tengo claro: playa, fiesta, amigos y buena música. ¿Qué más se puede pedir? 

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