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Cárcelo urbana

En la Modelo se mascaba el aire de la ciudad, el bullicio, la señora que iba a comprar, las cervezas del bar de la esquina


Una prisión son sus barrotes. Es lo primero que vemos (los barrotes y los muros tapizados con restos de botellas, vidrios para provocar heridas en la piel y en el alma) y lo primero en lo que pensaron quienes la construyeron. Y para que haya barrotes es necesario que estén también las ventanas. La combinación es explosiva. El preso ve, percibe, intuye, a través de la ventana, el mundo que está ahí afuera. Y sabe que son los barrotes (y esos muros con restos de botellas) los que le van a impedir disfrutar de él.

En cárceles como la Modelo –que se construyó lejos de la ciudad pero que pasó a ser ciudad porque la ciudad la engulló– la vida que existe más allá de los barrotes se hace presente con más crueldad que en una prisión elevada en tierra de nadie, donde lo más parecido a la libertad es el canto de un pájaro lejano.

Opinión exprés

Al fin, libres

Emma Riverola

Escritora

En la Modelo, no. Se mascaba el aire de la ciudad, el bullicio, la señora que iba a comprar, las cervezas del bar de la esquina. En las paredes de la cárcel Modelo, que nació para ser ejemplo y no fue modelo sino de la sordidez, de la muerte y la desesperanza, se pintaron poesías y pensamientos taciturnos, deseos de huida y últimas voluntades marchitas. Mientras el sol se colaba entre los barrotes, el mismo sol ciudadano que lucía para el bullicio y para la señora con el carrito y para los que se tomaban una cerveza en la calle. 

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