La marcha de Neymar

La camiseta

"¿Qué voy a hacer ahora con mi camiseta de Neymar, papá?", me pregunta mi hijo, y no sé qué responderle, creía que Figo nos había vacunado a una generación de culés

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Neymar, durante su último partido con el Barça ante el Real Madrid en Miami.

Neymar, durante su último partido con el Barça ante el Real Madrid en Miami. / MIKE EHRMANN

Deberíamos estar vacunados, deberíamos saberlo, deberíamos usar la cabeza. A una generación entera Figo, creíamos, nos había vacunado. Primero sonreímos cuando ese tipo de nombre gracioso --¡Florentino Pérez!-- que pretendía quitarle la presidencia del Madrid a Lorenzo Sanz anunció que lo tenía fichado;  después empezamos a leer de reojo las informaciones que decían que era verdad, que no era un farol; más tarde nos creímos al portugués cuando dijo que se quedaba en el Barça; y después, zasca, la victoria de Florentino, los acontecimientos que se precipitan, los 10.000 millones, y Figo sonriente con la camiseta con el 10 del Madrid, entre Florentino y Di Stéfano; no lo recuerdo, pero es probable que Florentino dijera aquello de que Figo había nacido para jugar en el Madrid, a él, que había lucido como nadie el 7, nuestro 7.

Por entonces lo de las camisetas con nombre no se estilaba demasiado, más allá de Mundiales y Eurocopas, el primero que habló del ‘merchandising’ y de vender camisetas como un pilar de su proyecto fue, cómo no, Florentino, y hubo quien se reía de él, este tipo solo quiere vender camisetas, las camisetas no dan títulos, desdeñando siempre lo que uno no conoce.  “¿Qué voy a hacer ahora con mi camiseta de Neymar, papá?”, me pregunta mi hijo, y no sé qué responderle, creía que Figo nos había vacunado a una generación de culés que ahora tenemos hijos con camisetas del Barça, pero no, en contra de nuestra experiencia, de nuestro buen juicio, de lo que nos dicta el sentido común, muchos hemos tropezado con la misma piedra. Dorsal número 11. Neymar Jr. “¿Qué voy a hacer ahora con mi camiseta de Neymar, papá?”

Lo mismo que hicimos con el 9 de Ronaldo, el bueno, el brasileño. O con la de Laudrup, así en genérico, casi siempre era el 9, pero no siempre. Guardarla en un cajón. Olvidarla. Pretender que no. Sí, ya lo sabemos, que si el dinero, que si el del fútbol es un mundo sin sentimientos, que si son profesionales, que si son mercenarios, que si lo esto, que si lo otro, que en la próxima camiseta seguro seguro que no le imprimo el nombre de nadie, solo el del niño, o el de algún jugador de la cantera. O el de Messi. Porque Messi, no, él sí que no, ¿verdad, papá? ¿Verdad?

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“¿Qué voy a hacer ahora con mi camiseta de Neymar, papá?” Cómo decirle, cómo contarle, que el adulto puede construir un discurso para responder a esa pregunta, que sin demasiado esfuerzo puede usar la marcha del ídolo como una herramienta educativa: la importancia del equipo por encima de los nombres, la belleza de la camiseta desnuda, sin nombres ni dorsal en la espalda, sin Qatar en el pecho, solo las franjas, solo el escudo, solo el sentimiento. El adulto puede hacerlo. Pero los rescoldos del niño que aún jode con la pelota en algún rincón de su coranzocito entienden perfectamente la pregunta y la tristeza que encierra. “¿Qué voy a hacer ahora con mi camiseta de Neymar, papá?” A Neymar, como a casi todos estos héroes jóvenes y millonarios, le importa un comino esta pregunta infantil, y lo máximo que nosotros podemos hacer con nuestros hijos es quitarle hierro, ilusionarlo con otro nombre, mentarle a Messi, mientras poco a poco, con parsimonia, doblamos la camiseta y la guardamos en lo más hondo del cajón más recóndito, allí donde Laudrup regatea, la abre para Figo, que centra templadito para que Ronaldo remate.

Y la próxima, eso sí, como mucho con dorsal. Sin nombre.