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De la orfebrería del 'scriptorium' a la ingeniería de la «materialidad perdurable», que es así como los críticos han definido La Lira, el proyecto de RCR Arquitectes que ganó el Pritzker

Opinión exprés

Alma de tierra

Emma Riverola

Escritora

Aquí hubo una vez un teatro, que se llamó de La Lira, a orillas del Ter, en una tierra de piedra y agua donde el hierro sirvió para forjar armas, clavos y rejas, y donde los monjes, pacientes y silenciosos, esgrimían letras singulares y copiaban biblias que, diez siglos después, son tesoros, memoria de aquel empecinamiento en transmitir la cultura. Ripoll es todo eso, desde que el abad Oliba impulsó un monasterio que, en su pórtico medieval, resume y explica el mundo.

Algo de esta historia se refleja en el proyecto que llevaron a cabo Rafael, Carme y Ramon, los RCR –Aranda, Pigem y Vilalta– que han conseguido el premio de todos los premios en arquitectura, el Pritzker. En el espacio vacío que había dejado la música dibujaron una plaza y un puente en los que el acero – la antigua memoria de la región – se convertía en caligrafía del córtex. De la orfebrería del 'scriptorium' a la ingeniería de la «materialidad perdurable», que es así como los críticos han definido La Lira. 

Carme Pigem, en nombre de los tres arquitectos, dijo estas palabras en la ceremonia de otorgamiento del premio, en Japón: «Perseguimos una arquitectura que incluya a todo el universo, como si el universo estuviera contenido en las más delicada hoja de papel». El papel está hecho de todo aquello que no es papel. Una enseñanza budista que está en la genética de los de Olot.

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