18 sep 2020

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Joaquim Nin, secretario general de Presidència, tras prestar declaración ante la Guardia Civil.

JORDI COTRINA

'President', ponga las urnas

Astrid Barrio

Puigdemont debe decidir si sigue por la senda de Mas manteniendo su apuesta o si cambia de táctica

En los últimos días la reacción de las instituciones  ante el desafío secesionista se ha recrudecido. Diversos cargos del Govern y el portavoz del Pacte Nacional pel Referèndum se han visto obligados a comparecer ante la Guardia Civil en el marco de la investigación sobre los preparativos del 1-O que se están llevando a cabo a raíz de las declaraciones acerca de los mismos efectuadas por el exjuez Santiago Vidal.

Algunos de los comparecientes han adquirido la condición de investigados, por haber cometido,  presuntamente,  diversos delitos como el de sedición, consistente en alzarse "pública y tumultariamente para impedir, por la fuerza o fuera de las vías legales, la aplicación de las leyes o a cualquier autoridad, corporación oficial o funcionario público, el legítimo ejercicio de sus funciones o el cumplimiento de sus acuerdos, o de las resoluciones administrativas o judiciales" y cuyas penas pueden alcanzar los 15 años de cárcel por tratarse de personas "constituidas en autoridad". 

Ello no debe sorprender a partir del momento en que un Gobierno y la mayoría parlamentaria que le da apoyo han manifestado que están dispuestos a desobedecer la ley para conseguir sus legítimos objetivos políticos. No sorprende, no, pero sí debería ser objeto de reflexión:  ¿Hasta dónde llegará el Gobierno catalán en su pulso? ¿Qué costes personales está dispuesto a asumir? ¿A quién beneficia?  

Aunque obviamente no todo es racionalidad en política,  o si se quiere , no siempre es fácil descubrirla, los beneficios que puede reportar el actual pulso, que difícilmente se puede ganar dadas las circunstancias, son inciertos,  mientras que los costes cada vez son más claros. Los actores directamente implicados, y de momento cabe recordar que la mayoría son del PDECat, pueden, en el mejor de los casos,  acabar inhabilitados cuando no en la cárcel y, además, tener que hacer frente a multas millonarias. Por no mencionar las dificultades para administrar a posteriori la frustración colectiva por unas expectativas reiteradamente elevadas y sistemáticamente incumplidas.

Sacrificio individual y colectivo

Pero si nos encontramos en este punto es, principalmente, porque el presidente Mas nunca reconoció sus errores. No lo hizo en el 2012 ni tras el 27-S y en su competencia por la hegemonía con ERC prefirió la huida hacia adelante redoblando su apuesta aun a riesgo de perecer políticamente y de empujar a su partido a la debacle. Ahora el presidente Puigdemont debe decidir si sigue por la senda de su antecesor manteniendo la apuesta que muy probablemente lleve al sacrificio individual y colectivo o si cambia de táctica.

Decía Sun Tzu que los desastres no se deben al Cielo sino a los errores del General y añadía que solo puede resultar vencedor aquel que sepa cuándo combatir y cuándo no. En una situación como la actual en la que combatir parece llevar irremediablemente a la derrota, disolver el Parlamento y votar,  como siempre,  se postula como un cambio de táctica que permitiría evitar males mayores y abrir nuevos horizontes. Eso sí, asumiendo el coste de ceder a ERC el liderazgo del secesionismo.