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En primera persona

Los protagonistas de la serie de TVE Verano azul, con el actor Antonio Ferrandis, en el centro.

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Verano 'ful'

Sergi Torres

Con dos quincenas por delante tienes que conseguir el gran objetivo: prohibido aburrirse


Si Chanquete levantara la cabeza y viera cómo y cuánto nuestros hijos se aburren en verano, hundiría para siempre su barco en las cristalinas aguas de Nerja. Vaya, que las bicicleta de su grupo tutelado de chavales (el gran referente de aventuras veraniegas de los que agotamos la cuarentena o trepamos ya por la cincuentena) ya no son para estos veranos. 

Y es que no me imagino a Pancho, Tito, Javi, Bea o Piraña bicicleta en ristre diciéndole al bueno de Antonio Ferrandis: «¡Chanquete, que me aburrooooo!». Pero Chanquete solo hubo uno. Y en estos días ya bien entrados en las interminables vacaciones escolares siempre me invade la misma duda corporativa de padre con custodia compartida y desgastada imaginación lúdico-festiva: ¿Qué hacer con los niños en verano para que no se aburran viviendo en una ciudad como Barcelona?

Si ya resulta complicado gestionar el ocio de nuestros retoños estando en pareja, con cole de por medio y durante los fines de semana, qué no será hacerlo solo ante el peligro y con dos quincenas alternas (y eternas) por delante en las que tienes que conseguir el gran objetivo, la gran conjura familiar: prohibido aburrirse

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Es cierto que si recurres a la socorrida red, varias webs te orientan sobre qué es lo que puedes hacer para disfrutar de actividades en verano con los niños sin dejarte el alma y más de media paga. Pero son tus propios hijos quienes se encargan de desorientarte cuando te dicen que hace demasiado calor para una excursión en bici a una granja de animalitos y que se está mejor en casa jugando con videojuegos. O lo que es lo mismo, despilfarrando kilovatios/hora con el aire acondicionado a toda pastilla. Y cuando hastiados también de consola, tus hijos te dicen que por qué no les dejas ahora el móvil para descargarse la última versión del Clash Royal, eres tú el que tienes ganas de coger la bici e irte a la granja de animalitos. Y solo. 

Con firmeza responsable les dices que no les dejas el móvil y te pones a la altura de su infantil sentido de la propiedad aduciendo que el móvil es tuyo y solo tuyo. Pero ya has perdido la batalla. Antes de que hagas cualquier otra brillante reflexión, tu hijo ya te lo está recordando. «Papá, ¿no dices siempre que hay que compartir todo?».

Tocado y hundido

Y es entonces cuando, desesperado, vas y te agarras al gran clavo ardiendo argumental: «¿No entiendes que no puedes estar todo el día enganchado a las maquinitas?». Y acto seguido es tu hijo quien te lanza el 'tomahawk' definitivo para aniquilarte: «¿Y tú? ¿Por qué no me dejas el móvil si estás todo el día enganchado al Wasap». Tocado y hundido, como el barco de Chanquete.

Pero antes de morir como Chanquete, quemo mi último cartucho cargado de 'madurez': «¿Y por qué no me dejas tú la maquinita a mí, eh?». Ante mi pregunta, que se torna de inmediato en retórica y por qué no decirlo, en estúpida, el niño se limita a apartar por un instante su hipnótica mirada de la pantalla y sin decir nada me mira, me guiña un ojo de complicidad condescendiente y saborea su victoria con una leve sonrisa. Después sigue jugando como si nada. Yo también sonrío. Tocado, hundido y resignado.

Mientras acabo de escribir este artículo y mi hijo continúa dándolo todo en su particular verano azul cibernético, aprovecho mi derrota para echarme una siestecita compartiendo con él frigorías. Aunque seguramente cualquier verano pasado no fue mejor ni peor, ni siquiera más o menos 'ful' que el de nuestros hijos, el azul de nuestra pantalla pasada no fue cualquier verano. ¿O sí?