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En primera persona

¡Esto sí son vacaciones!

¡Esto sí son vacaciones!

Marina Sancho

Su receta es exigir en vez de pedir, llamar la atención en vez de respetar, hablar sin parar en vez de escuchar


Mi vecina es agente de los Mossos d’Esquadra y el otro día me comentaba cuánto echa de menos ir a trabajar estos días que está de vacaciones por casa con sus tres niñas. Dice que son más terribles que cualquier delincuente.

En su trabajo la insultan e incluso le han llegado a escupir, pero dice que nunca ha perdido tanto la calma como cuando su hija de 2 años es capaz de montar una rabieta de dos horas solo porque que no quiere la cuchara azul ni la rosa, sino la que tiene el conejito dibujado. Dice que cada año le pasa lo mismo: espera todo el curso con ansia los días de verano para poder estar con sus queridas hijas, pero después del primer día de escuchar 15 veces por hora la palabra «mamá» seguida de una queja o una demanda, se desespera.

La pobre ha perdido el norte, no recuerda lo que es ir al baño sin tener una comitiva detrás o tomarse un café sin atragantarse tres veces porque alguna de ellas ha estado a punto de caer o de hacer caer a otra de manera casual. Ya hace días que la veo hacer la cuenta atrás, de la misma forma que los presos en las celdas. Al menos cuando está con ellos tiene otros compañeros o superiores a los que pedir ayuda. Pero cuando está con sus hijas está totalmente sola. No tiene a quien pedir socorro cuando las dos grandes se pelean a mordiscos por quinta vez. O cuando acaba de pasarse una hora desintegrando suciedad de la nevera y al instante siguiente ya encuentra esparcidos por ahí un bote de crema de chocolate, una lata de tomate y tres huevos aplastados. 

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Yo antes tenía miedo a los fantasmas, a los dentistas y a los terroristas. Ahora solo temo el último experimento del mediano, el chantaje del mayor o el arrebato más explosivo de la pequeña ante el máximo número de espectadores. Mi vecina tiene auténtico terror a sus tres angelitos. Ya somos dos. Sé que cuando estoy con ellos nada es previsible, no soy capaz de pensar con claridad ni de razonar, toda lógica desaparece y prevalecen las urgencias, las emociones puras y duras, y el caos. El otro día, que hacíamos terapia de balcón a balcón, como dos cenicientas, me explicaba que no entiende cómo son capaces de sacar lo peor de ella en un santiamén. «Pero si yo soy una persona paciente, amable y alegre -me decía-. Sin embargo, cuando estoy con ellas me convierto en una histérica, impulsiva y desequilibrada». Y se preguntaba qué mecanismo utilizan para conseguirlo. 

EL PODER DE TRES

A mí me vinieron a la cabeza mis tres, que tienen el mismo poder. Defectos que yo no sabía que ni tenía aparecen cuando estamos juntos más de tres horas seguidas sin encender la tele. Su receta es exigir en vez de pedir, llamar la atención en vez de respetar, hablar sin parar en vez de escuchar, sacar todas las cosas de su sitio en vez de ordenar, ensuciar continuamente en vez de admirar la belleza del orden, empujar, pegar y escupir en vez de intentar entenderse por vías más lógicas, ejecutar un sinnúmero de acciones caóticas en vez de esperar. Todo ello, en nuestro caso, multiplicado por tres y concentrado 24 horas al día sin interrupciones. Y para que luego te encuentres a la suegra y te diga lo de «disfrútalos ahora que son pequeños». Ni me atrevo a imaginar en qué se pueden convertir.

¡Esto sí  son vacaciones! La verdad es que acabo desconectando de cualquier otra preocupación, pues su seguridad personal y la mía se convierten en todo mi foco de atención. Además, después de estar con ellos, cualquier cosa me parece un auténtico paraíso: una ducha a solas, una siesta de 30 minutos, mirar a los ojos de mi vecina y sentirme totalmente comprendida...
 

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