Ir a contenido

Dos miradas

Kilian Jornet, en el campo base avanzado, tras descender del Everest, este domingo.

TWITTER / @SummitsofMyLife

Kilian y el miedo

Josep Maria Fonalleras

Leyenda de las carreras de montaña, este joven de Sabadell pronto no tendrá ningún reto nuevo a su alcance


Una de las últimas hazañas de Kilian Jornet es haber corrido (saltado, brincado, escarpado) 140 kilómetros con la espalda dislocada. Y ganó la carrera, por supuesto. Por mucho menos, vaya, por muchísimo menos, yo me quedo en casa y llamo a la oficina para decir que esa mañana no voy a poder ir, que no sé qué de un lumbago o una contractura. Yo y unos cuantos miles de personas normales, que sienten el cuerpo como una especie de prisión, con barrotes oxidados y puertas que chirrían. Kilian, no. Pero es evidente que este chico no es normal. Cada una de sus células está pensada para aventuras inauditas, para desafíos colosales. Y lo peor, para los normales, es que luego las explica como quien baja un momento al súper a por un paquete de bolsas de la basura. 

Opinión exprés

Manda la imaginación

Emma Riverola

Escritora

Lo del Everest colmó el vaso. Dos veces en seis días. No tuvo bastante con subir y bajar a la velocidad del relámpago sino que descansó un poco y decidió volver a intentarlo para subir y bajar todavía más deprisa, como quien se olvida de las llaves del garaje y decide volver a casa, coger el ascensor, y lamentarse de la mala memoria. 

Jornet ha dicho que tiene miedo y que es precisamente ese miedo (y la precaución que viene asociada a él) lo que le empuja a superar los límites, a mantenerse con vida. En concreto ha dicho: «Soy un cagado». Mira, Kilian, ya somos dos.