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Fermín Cacho, campeón olímpico de 1.500 en Barcelona’92.

JULIO CARBO

El gran salto adelante

Frederic Porta

Gracias a los Juegos, el deporte español emuló a Bob Beamon con un registro estratosférico

A diferencia del protagonizado por Mao Zedong en China, nuestro gran salto adelante salió casi bordado. Esta celebración de los 25 años resulta sinónimo de orgullo por la labor bien hecha, por saber aprovechar el momento histórico. Gracias a los Juegos de Barcelona, el deporte español emuló a Bob Beamon con un registro estratosférico. De las 4 medallas en Seúl a 22 cosechadas gracias a la inversión pública y privada que revolucionó la práctica deportiva –no solo profesional– y colocó a los deportistas nativos entre la élite de países desarrollados, así, de sopetón.

Cada ciudadano guarda su álbum de recuerdos y emociones acuñadas en aquellos memorables días. La nuestra queda sintetizada en un preciado detalle: a los pocos días de la apertura, USA Today, el único periódico estadounidense 'costa a costa', publicó un encendido elogio sobre Barcelona 92 que significó el tópico punto de inflexión. Destacaba la implicación social, bromeaba sobre el café como elixir mágico nativo para aguantar el tirón y nos inyectaba, ante todo, una ingente dosis de autoestima. A nosotros, tan poco dados a creer en las propias posibilidades.

LISTÓN SUPERADO

A partir de aquella portada con amplio reportaje, varió el rumbo, creció un imparable tsunami de percepción favorable. Todos y cada uno de los implicados, esa sábana que cubría variados estamentos y clases sociales, comenzó a creer que, en efecto, había aprobado tan exigente examen. Se había saltado el listón a la gran altura requerida tras años de preparativos sembrados de dudas y miedos, teñidos con cierto complejo de inferioridad y escasa confianza en las propias fuerzas. Y al final, todos formamos parte de un 'dream team', de unos Juegos soñados, aún por igualar, formidables en muchas vertientes, donde fuimos capaces de dar el gran salto adelante para, encima, caer de pie en otra era, otra dimensión. Ciudadana, deportiva y en aquellos aspectos que el lector puede añadir con pleno derecho argumental, sin caer en lo vanidoso ni ufano.

De repente, en efecto, nos colocamos en el mapa mundial, tal como resumieron en acertado y gráfico concepto, sin siquiera imaginar hasta dónde llegarían las derivadas del magnífico empujón. De repente, fuimos Cacho en la recta de tribuna, empezando a paladear la proeza alcanzada contra pronóstico. Fuimos las chicas del hockey en Terrassa o nos zambullimos en la Picornell con Estiarte para apreciar que el triunfo requiere arduo esfuerzo y no siempre la suerte sonríe. Pero aquella vez, sí. Nos llegó la proyección global. Y el riesgo de morir de éxito. Ni un optimista recalcitrante habría calculado dónde estamos hoy situados. Echamos la vista atrás sin nostalgia, aunque con cierto vértigo tras lo vivido en este lapso. Sí, lo estrictamente deportivo ya no pasa de secundario, simple excusa.