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LOS CAMBIOS EN EL GOVERN

No es la pela, es el camino

Josep Martí Blanch

Los dimisionarios veían las urnas como principio y final y no suscriben la vía Puigdemont-Junqueras, dispuestos a desobedecer al TC y que ven la votación como la penúltima estación antes de una revuelta cívica por la respuesta del Estado

Las cuatro dimisiones del Govern se han querido explicar principalmente por cuestiones crematísticas, al igual que el cese de Jordi Baiget unos días atrás. Avala esta explicación el titular de la entrevista que provocó el adiós forzado del 'conseller' de Empresa en la que este afirmaba estar dispuesto a ir a la cárcel, pero no a perder su patrimonio. Pero lo realmente relevante para entender que estas cinco personas ya no estén en el Govern es que, matices individuales al margen, no comparten la estrategia que han dibujado Puigdemont-Junqueras en el tramo final del referéndum unilateral.

La pregunta lógica es preguntarse por qué ahora. ¿No sabían cuando juraron el cargo los dimisionarios y el cesado qué es lo que se pretendía hacer? Sí, pero no. Llevar una decisión a la práctica permite siempre varios recorridos y hasta que el tiempo se hizo apremiante, hace unos meses, no se decidió cuál era la ruta finalmente elegida.

Para los que se van, la senda a recorrer pasaba por un compromiso específico con la urna como principio y final. Estaban dispuestos a explorar cualquier camino que permitiese llevar a cabo la votación, aunque para ello fuese necesario recurrir a la externalización de algunas decisiones ejecutivas referidas a la organización. Lo que daría carácter vinculante al refrendo sería la participación, aunque el paraguas organizativo fuese menos institucional.

UNA LEGALIDAD PROPIA

Para Puigdemont, honesto en sus convicciones, finalmente también para Junqueras, y por supuesto para las entidades cívicas que empujan desde fuera de las instituciones -ANC y Ómnium- el camino ya decidido es otro. En este atajo votar es también discursivamente lo más relevante. Pero sobre todo se trata de dejar claro que quien organiza es el Govern, que lo hace con una legalidad propia que choca frontalmente con la estatal y que está dispuesto a desoír y desobedecer al Tribunal Constitucional cuando este actúe. Así las cosas, las urnas se convierten en la penúltima estación, puesto que se da por descontado que la actuación del Estado impidiendo el referéndum dejará en manos de la indignación la última palabra en forma de revuelta cívica, pacífica y permanente que provocará sí o sí un movimiento de placas tectónicas en la política española.

El Govern resultante no tiene fisuras. Pero para fijar la foto definitiva del independentismo institucional falta aún por ver qué ocurrirá en los próximos días con los secretarios generales y directores generales involucrados en la ejecución de las decisiones inminentes que han de tomarse. Y también cuál es la afectación de todo esto sobre el poder municipal puesto que el referéndum requerirá su estrecha colaboración para ser posible y muchos alcaldes soberanistas piensan igual que los dimisionarios.

El peor parado es el PDECat, que pierde toda capacidad de control sobre la narrativa final de esta etapa del 'procés' atrapado en unas contradicciones que resultan insalvables y que dieron inicio con la lectura y posterior gestión de los resultados de las elecciones del 2015. Quizá por ello en la comparecencia conjunta Carles Puigdemont-Oriol Junqueras el primero habló principalmente de Junts pel Sí mientras que el segundo se deshacía en alabanzas al partido de Marta Pascal. ¿La generosidad del vencedor? 

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