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MIRADOR

Bondades socialistas

Joaquim Coll

Las propuestas socialistas son positivas y necesarias, pero no van a atajar la crisis de septiembre en Catalunya

Es un error creer que el giro secesionista de Artur Mas se debió la polémica sentencia del TC sobre el Estatut en el 2010. Le dio argumentos, pero la radicalización soberanista del nacionalismo venía de antes y respondía a la dinámica de subasta entre partidos catalanes al inicio del pospujolismo. Recordemos que la bandera del derecho a decir apareció en el 2005 y a finales del 2007 ya hubo un gran manifestación bajo ese rótulo sobre las infraestructuras.

En 2012, el líder de CDC vio en la grave crisis económica una ventana de oportunidad para lograr una mayoría “excepcional” mediante un órdago al antipático Gobierno del PP. Y de paso sortear la contestación social por los recortes. Fracasó en las urnas pero, en lugar de dimitir, redobló su envite adoptando la apuesta separatista de ERC. Y ahí seguimos tres años y medio después. Desde hace 18 meses con otro 'president', Carles Puigdemont, menos astuto que Mas pero más fanático, elegido con el aplauso de la CUP, y que aceptó el cargo solo para llevar a Catalunya a la independencia.

Todo esto es importante recordarlo para que los socialistas no erren en el diagnóstico. Lo que sucedió con el Estatut fue lamentable, el PP se portó mal y hubo culpables en todas direcciones, pero no es la razón de la jugada oportunista de las élites nacionalistas en el momento más agudo de la crisis española. Las bondades socialistas, con sus propuestas de reforma constitucional en sentido federal y otras más específicas, son en general positivas y necesarias, pero no van a atajar la crisis de septiembre en Catalunya, ni aunque se materializasen todas mañana mismo.

El separatismo no busca el diálogo, sino la confrontación con el Estado. Busca la espiral acción-reacción-acción al precio de estrellar las instituciones del autogobierno, pero con el propósito de socializar el conflicto cara a una segunda vuelta de las fallidas elecciones “plebiscitarias” del 2015. Lo prueba la sucesiva purga de “tibios” en el Govern para blindar el 1-O y asegurar que no habrá implosión interna antes del ansiado choque. Por ahora, Mariano Rajoy intenta evitar ese escenario en una mezcla de prudencia y debilidad. No solo el denostado artículo 155 está descartado, sino que el ministro de Interior, Juan Ignacio Zoido, ha dicho que no va a hacer falta aplicar ni tan siquiera la ley de seguridad nacional ante el desafío del 1-O. Ojalá.

La buena sintonía entre las direcciones del PSOE y PSC, plasmada en la reunión de Barcelona, es una excelente noticia para Miquel Iceta, que este sábado será aclamado candidato a la presidencia de la Generalitat. Más allá de la reforma constitucional, que es un objetivo que exige una voluntad de consenso hoy difícil de imaginar en los grandes partidos, hay un esfuerzo por concretar un abanico de propuestas a medio plazo (financiación, plurilingüismo, etc.) y ofrecer una imagen de fuerza de gobierno. Los socialistas aciertan reivindicando un espacio propio frente al quietismo del PP. Pero la derrota del golpe separatista es ahora mismo un imperativo democrático ante el que no caben medias tintas ni exigencias de contrapartidas.

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