EL ANFITEATRO

Aburrirse con un libertino

Una dirección musical plana lastra la brillante puesta en escena de Simon McBurney para 'The Rake's porgress' en el Festival d'Aix

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Una escena de la ópera de ’The Rake’s progress’, de Igor Stravinsky, con una puesta en escena de Simon McBurney, estrenada en el Festival d’Aix en Provence. / PASCAL VICTOR

Una escena de la ópera de ’The Rake’s progress’, de Igor Stravinsky, con una puesta en escena de Simon McBurney, estrenada en el Festival d’Aix en Provence.
Julia Bullock (Ann Trulove), Paul Appleby (Tom Rakewell), David Pittsinger (Trulove) y Kyle Ketelsen (Nick Shadow), en ’The Rake’s progress’, de Igor Stravinski, en una nueva producción firmada por Simon McBurney para el Festival d’Aix en Provence. 

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El Festival d’Aix en Provence tiene una querencia particular, que es muy de agradecer, por Igor Stravinsky, un compositor con un muy reducido elenco de óperas en formatos no habituales y poco frecuentes en los teatros. En los últimos años la ciudad provenzal ha programado ‘Le rossignol’ (2010), ‘Persephone’ (2015) y ‘Oedipus Rex’ (2016). Este año el festival vuelve al compositor ruso con ‘The Rake’s progress’ (‘La carrera del libertino’), la ópera que mejor se ajusta al formato convencional con sus tres actos y un epílogo.

Sobre el papel era una propuesta muy atractiva y prometedora, en particular por la puesta en escena de Simon McBurney y la dirección musical de Daniel Harding, con la orquesta de Paris, buena conocedora del repertorio del siglo XX y, por tanto, de Stravinsky. El resultado en su conjunto no se ha correspondido con las expectativas y el principal motivo fue el cambio de director.

Quien sí las ha cumplido y lo ha hecho a espuertas ha sido McBurney. La obra de Stravinsky, inspirada en la serie de lienzos del artista inglés dieciochesco William Hogarth, sobre el ascenso y caída de un libertino, ofrece un terreno abonado para la desbordante ingeniosidad del director inglés.

La ópera, con libreto de los poetas W. H. Auden y Chester Kallman, es un cuento moral en el que un joven e inocente muchacho de pueblo con escaso ánimo trabajador, enamorado de una joven también inocente, va a Londres donde emprende una vida de perdición y vicio para acabar en un manicomio del que ni siquiera la enamorada logra rescatarle, tal es el extravío en el que ha caído el hombre.

Stravinsky y los libretistas dejaron bien claro el carácter de fábula instructiva de la obra. Los apellidos de los personajes definen sus cualidades morales. Así el protagonista, Tom Rakewell se traduce por buen libertino; la novia Ann Trulove, por amor verdadero; la madama del burdel, Mother Goose, por mama oca, y Nick Shadow, por sombra.

Este último personaje, que es el demonio, es el único que no aparece en los cuadros y grabados de Hogarth y fue creado por el músico y los poetas como hilo conductor del descenso a los infiernos de Rakewell. Shadow pone a disposición del joven todo lo que desea. ¿Placer? El burdel de Mother Goose. ¿Riqueza? La boda con Baba la Turca, una mujer barbuda cuya peculiaridad capilar le ha hecho ganar un capital.

La obra tiene muchos elementos de simbolismo cristiano, pero tomados al revés, en vez de llevar a la gloria, llevan al infierno, como son por ejemplo el jardín del Edén que es el campo donde Rakewell vive con su novia donde aparece el demonio tentador; el bautismo en el burdel para emprender su nueva vida de libertinaje, o la evangélica multiplicación de los panes y los peces que en la ópera es una máquina que le llevará a la ruina. La moraleja final que cantan todos los personajes, como ocurre en ‘Don Giovanni’, asegura que “Al hombre ocioso el diablo le acecha”.

Para desarrollar esta historia McBurney, un experto en metamorfosis escénicas y efectos visuales, convierte el escenario en una caja de papel blanco que al principio simboliza la pureza con que empieza la historia. Unas proyecciones sobre el blanco de paredes y techo reflejan primero un bucólico campo inglés hasta que en aquel blanco aparece una sombra que se hará tangible cuando entre en la caja rompiendo el papel. Es Nick Shadow que abduce al joven.

Distintas proyecciones, obra de Will Duke, marcan los ambientes de cada escena así como la aparición de numerosos objetos que entran en la caja por paredes y techo rompiendo el papel. Al final, cuando Rakewell está en el manicomio, han desaparecido todas las imágenes y las figuras. Queda solo la caja inicial de papel blanco solo que ahora está llena de costurones.

El trabajo de McBurney, de quien en Barcelona se acaba de ver su dirección de ‘Beware of pity’, de Stefan Zweig, y años atrás, su particular visión de la novela surrealista de Bulgakov ‘El maestro y Margarita’, fue con diferencia lo mejor de este ‘The Rake’s progress’. Sin embargo, la agilidad, ligereza  y brillantez de la puesta en escena quedaba lastrada por una dirección musical plana que arrastraba a los cantantes con la excepción del bajo-barítono Kyle Ketelsen en el papel de Nick Shadow que supo imponerse a la planitud orquestal.

Harding tuvo que ser sustituido debido a un accidente en la muñeca y ocupó su lugar el joven noruego Eivind Gullberg Jensen que no supo imprimir a la orquesta el ritmo que tiene la obra de Stravinsky, ni tampoco resaltar las múltiples sutilezas de una partitura que bebe de un sinfín de fuentes, empezando por Bach y siguiendo por casi todos los que vinieron detrás hasta Chaikovski.La decepción fue mayor dado que el día anterior la misma Orquesta de París había hecho una muy buena intepretación de 'Carmen'.  

La interpretación de Julia Bullock (Ann Trulove) y Paul Appleby (Tom Rakewell) quedó en lo correcto. Cabía esperar más de los intérpretes de los personajes bufos, de Hilary Summers (Mother Goose) y Andrew Watts (Baba la Turque). Completaba el reparto Evan Hughes, David Pittsinger, Alan Oke y el coro English Voices.

McBurney volverá a Aix el próximo año con la reposición de ‘La flauta mágica’, de Mozart, una coproducción con la English National Opera y la Dutch National Opera, que ya pudo verse en este festival en el 2014.

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