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Discriminación en el proceso comunicativo

Hablar sin ser interrumpidas

Estrella Montolío

Las mujeres sufren más interrupciones que los varones cuando conversan en los ámbitos públicos


¿Qué tienen en común Elvira Lindo, Sheryl Sandberg (la talentosa número dos de Facebook), altas directivas de una entidad financiera, ingenieras aeroespaciales de la agencia europea del espacio y una multitud de expertas y profesionales de ámbitos tan dispares como la biomedicina, el derecho, la física o la economía? Pues que todas ellas, siendo mujeres y profesionales, han identificado en voz alta como uno de los problemas comunicativos con los que se topan con mayor frecuencia la interrupción

No me estoy refieriendo al solapamiento típicamente mediterráneo (que, aviso, a los hablantes del norte de Europa no les gusta nada), cuando varias personas hablan a la vez, cuando un hablante le acaba la frase a otro con una amigable actitud colaborativa, cuando te ayudan a encontrar una palabra que tienes en la punta de la lengua, como: «-Que resulta que he salido tarde del trabajo y al final, pues no me ha dado 'tieeempo dee comprar…'» / «-'De comprar' los huevos para la cena». Como muestra el ejemplo mediante la letra cursiva, un breve fragmento de los dos hablantes se produce simultáneamente, es decir, hablan a la vez. En el solapamiento, en general, hay una intención cooperativa, no hay tensión, ni lucha, ni la agresión simbólica que supone hacer callar al otro. En la interrupción, sí.

IMPOSICIÓN

La interrupción se produce cuando un hablante, sin esperar a que su interlocutor acabe lo que está diciendo, interviene imponiéndose sobre la frase del primero porque quiere cambiar el tema del que se estaba hablando o para, directamente, robarle su turno de habla. La interrupción no es cooperativa. Es imponer tu voz acallando a quien está hablando en ese momento. Es un ejercicio de poder. Te interrumpo porque soy tu jefe, o tu padre, o tu profesor o porque soy el que sabe y dejo claro que tú, no. Este es precisamente el fenómeno que narran con sorprendente frecuencia las mujeres profesionales en sus reflexiones sobre su vida comunicativa pública: «¡Jopé! Parece que están esperando a que yo hable en una reunión para que les entren unas ganas locas de intervenir ellos al mismo tiempo».  

Las redes están llenas estos meses de ejemplos asombrosos (por decirlo suavemente) de, por ejemplo, locutores de programas de gran audiencia que, con maneras condescendientes, impiden que la mujer experta que ha sido invitada para aportar su opinión especializada pueda acabar una sola frase de su intervención. Estos casos son una visualización empírica de la queja recurrente de muchas mujeres profesionales: «Me interrumpen», «no me dejan acabar», «me veo obligada a hablar muy rápido si no quiero que alguien sabotee mi intervención». 

ÁMBITO DOMÉSTICO

Todos conocemos el tópico que dice que en el ámbito doméstico las mujeres hablan (hablamos) sin cesar (como cotorras), que llevamos la voz cantante de la casa, que no dejamos casi abrir la boca a los comunicativamente sobrios varones. Bien, pues de ser cierta esa imagen (psicólogos y sociólogos de la vida cotidiana tendrían que corroborarlo), no coincide para nada con lo que ocurre en los espacios públicos (reuniones en el trabajo, conversaciones en los ámbitos laborales, debates, entrevistas…). 

Basta con estar un poco atento para advertir que, en efecto, las mujeres sufren más interrupciones que sus colegas varones. Y, por cierto, no solo las interrumpen los hombres; también lo hacen otras mujeres, las mismas que se lo  pensarían dos veces antes de arrebatarle la palabra a un compañero masculino. 

UN PROCESO INACABADO

Pero, ¿por qué esa marcada diferencia en la manera como se respeta la palabra de unos frente a cómo se desconsidera la palabra de las otras? Pues porque en nuestra sociedad, que se quiere igualitaria, pero está aún en proceso de serlo, a las mujeres, por lo general, todavía hoy no se les concede legitimidad, autoridad o expertitud.

Como una piel pegajosa adherida a nosotros, persiste la idea, a estas alturas negligente, de que un hombre, casi cualquier hombre, resulta más fiable, más culto, mejor experto; más solvente, en suma, que una mujer. Y esa creencia profunda, casi atávica en algunas mentes, desgraciadamente se revela en muchas (demasiadas) de nuestras interacciones comunicativas cotidianas. Obsérvenlo y verán.

Reivindiquemos el derecho de las mujeres a hablar sin ser interrumpidas
 

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