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Al contrataque

'Beware of pity' es una de las representaciones teatrales más increíbles y emocionantes que he visto en mi vida


Hace unos días fui al Teatre Lliure a ver la obra 'Beware of pity', una producción dirigida por el genio Simon McBurney de la compañía británica Complicité con los grandísimos actores de la Schaubühne de Berlín. La obra está basada en una novela de Stefan Zweig que aquí se tituló 'La piedad peligrosa'. 
No voy mucho al teatro porque es un arte que me impacienta: o es genial o me parece una birria absoluta. Puedo ir al cine para pasar el rato y puedo leer para pasar el rato. Aprecio y agradezco mucho el cine y la literatura de entretenimiento, creo que para un artista no hay aspiración más alta que entretener al prójimo. Bueno, tal vez sí, conmoverlo, pero para eso le tienes que entretener primero. Puedo también visitar un museo como quien va de paseo o para sentirme acompañada. A veces, cuando he viajado sola por trabajo, el rostro más familiar y acogedor al que he podido recurrir ha sido el representado en un cuadro conocido. Delante de algunas obras, me siento en casa, da igual si estoy en Madrid o en San Paolo.

Con la literatura y el teatro es distinto. No siempre es necesario releer los libros para volver a ellos. Tengo una amiga que lee 'En busca del tiempo perdido' en bucle, hace años que no lee ningún otro libro, cuando lo acaba, lo vuelve a empezar. Dice que allí está todo. Tal vez sea cierto. Pero antes de detenerse en Proust, mi amiga había vagado por el mundo como una saltimbanqui, como se suele hacer con los libros y con otras cosas.

Hay algunos libros, pocos, que son como los seres humanos, inacabables. No nos aburrimos de las personas porque en realidad nunca las conocemos del todo, nos dejan de gustar, que es mucho peor. 

DESLUMBRAMIENTOS INFANTILES

No siento necesidad de volver a leer 'En busca del tiempo perdido', creo que lo llevo en mí, que es parte de quien soy, como mis deslumbramientos infantiles y mis amistades adolescentes. Como aquella vez que crucé dando un saltito sobre el vacío, de una terraza a otra, en el ático de mis abuelos y me llevé un susto de muerte al ver la cara de estupor de mi abuela, que nunca perdía la compostura, cuando aparecí al otro lado agitando la mano para saludarla. O como aquella otra vez que se me perforó y gangrenó el apéndice porque en mi casa éramos muy chulos y encontrarse mal se consideraba una falta de educación. O como aquel verano en Suecia en busca de Ingmar Bergman, al que obviamente no encontré.

Llevo en mí, también, desde el domingo pasado, la obra de McBurney, una de las representaciones más increíbles y emocionantes que he visto en mi vida. Tal vez, en realidad, el único arte que importa es el que te recuerda quién eres y de dónde vienes. Adónde vas importa menos porque, de todas formas, vamos todos al mismo sitio
 

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