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Medios de comunicación y terrorismo global

Dos jóvenes cerca del lugar donde tuvieron lugar los ataques terroristas en el puente de Londres.

REUTERS / HANNAH MCKAY

Esto no es una guerra

Albert Garrido

Las leyes antiterroristas abundan en la falsa idea de que el precio de la seguridad es alguna forma de limitación de la libertad, incluida la de expresión

Londres, 18 de junio, por la noche: alguien arremete con una furgoneta contra los fieles que salen de una mezquita: muere uno de ellos y varios resultan heridos. París, 19 de junio, por la tarde: un yihadista embiste con su coche una furgoneta de la gendarmería en los Campos Elíseos: muere el terrorista. Bruselas, 20 de junio, por la noche: un islamista radical provoca un pequeño incendio en la estación central: un soldado abate al terrorista. En este ambiente contaminado por la inseguridad y el miedo al siguiente golpe, en cualquier lugar y en cualquier momento, los medios de comunicación convencionales y las redes sociales difunden los zarpazos poco menos que en directo, sin pérdida de tiempo, sometidos a una lluvia de datos, a menudo contradictorios; a menudo, también, de difícil comprobación.

Las nuevas tecnologías han cambiado por completo la competencia entre medios. Ellas permiten a las ediciones digitales de los periódicos disputar la misma carrera por la inmediatez que los operadores audiovisuales; cualquier persona con un móvil está en situación de difundir la tragedia en la aldea global a poco que sepa sacar el máximo partido a la red. Así se agranda el impacto más allá de toda previsión, y es posible que tal circunstancia sea uno de los estímulos mayores para los ejecutantes del terrorismo sin fronteras, según defendieron algunos de los participantes en una jornada organizada en Estrasburgo por el Consejo de Europa para reflexionar sobre el papel de los medios ante el desafío terrorista.

Otros dos estímulos que refuerzan en sus convicciones a los emisarios del terror son la consolidación de un determinado lenguaje -expresiones poco meditadas y de efectos perversos del estilo "estamos en guerra"- y la ampliación de las imágenes de la tragedia mediante el sistema de códigos a los que se acoge el sensacionalismo. En ambos casos, se alimenta la lógica de los terroristas, que dicen estar en guerra, que dicen ser soldados de la yihad y anteponen, dicen también, la expansión del islam primigenio a cualquier otra consideración. Se estimula, en fin, la pretensión última de atemorizar a la sociedad atacada y llevarla fatalmente a la convicción de que no caben en un mismo suelo quienes profesan el islam y quienes no. Es inevitable el choque, creen; desean el choque y sucesos como el de la mezquita de Londres les ratifican en esa forma extrema de fatalismo social.

UNA NUEVA RELIGIÓN

La simplificación de los hechos también engorda el fatalismo. Si la precisión de los datos y de la narración de los hechos es siempre un requisito ineludible, en el caso del terrorismo global lo es en grado sumo: se trata de algo que afecta a la seguridad individual y colectiva, al respeto a las víctimas, a la dignidad de la comunidad musulmana y a la convivencia entre culturas. Como dice el especialista Jean-Pierre Filiu, los muyahidines de Al Qaeda y del Estado Islámico son los militantes armados de una nueva religión, una manipulación retardataria del islam que les sirve de coartada ideológica para un proyecto político regresivo y sectario, motivo más que suficiente para hilar siempre muy fino y evitar los razonamientos esquemáticos.

 "Las legislaciones antiterroristas tienden a limitar la libertad de expresión y el debate público", sostiene Patrick Penninckx, responsable del departamento de Sociedad de la Información en el Consejo de Europa. Esto es, tienen un efecto simplificador que da pábulo a los lugares comunes, a esos tópicos que desvirtúan la realidad de forma parecida a como lo hacen los espejos deformantes. Y tienen otro efecto o desarrollo: cuando estas leyes dejan de estar en vigor, nunca se produce una restauración completa de los derechos recortados o limitados. ¿Para qué sirven entonces? Seguramente, para abundar en la falsa idea de que el precio de la seguridad es alguna forma de limitación de la libertad (incluida la de expresión).

Este cambio en el ecosistema de las libertades es un triunfo de facto de los promotores del terrorismo global. ¿Qué mayor triunfo pueden exhibir que haber condicionado la escala de valores de los sistemas democráticos en nombre de la seguridad? Esa es su lógica. ¿Cuál es la responsabilidad de los medios en tal situación? Evitar un relato meramente securitario, se dijo en Estrasburgo, para no transmitir la sensación de que, en efecto, estamos en guerra, de que solo es posible un lenguaje belicista al estilo de Theresa MayDonald TrumpVladimir Putin o Bashar al Asad, tan alejado de la seguridad.

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