ANÁLISIS

Veinte años después, el mito de la pluralidad de relatos

Matar por razones políticas solo puede ser un crimen y nada hay que justifique el terrorismo

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Manifestantes en Plaça Sant Jaume (Barcelona) para pedir la liberación de Miguel Ángel Blanco, en 1997.

Manifestantes en Plaça Sant Jaume (Barcelona) para pedir la liberación de Miguel Ángel Blanco, en 1997. / JULIO CARBÓ

Aquel día, 12 de julio de 1997, empezamos a entender algo que nos negábamos a reconocer, a saber, que matar a alguien por una idea no era defender un ideal político, sino cometer un crimen. Muchos tibios dentro y fuera del País Vasco comenzaron a tomar posición contra el crimen; y a los círculos concéntricos que habían sostenido la violencia terrorista (iglesia vasca, intelectuales o artistas) les entró la duda de si aquello iba a alguna parte. Hoy, 20 años después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, apenas si hay quien justifique el terrorismo.

Hay prisa por pasar página. Lo desean quienes otrora formaron parte del frente violento y también los que, sin mancharse las manos, hicieron caja. Es verdad que nadie lo expresa de esta manera. Todos ellos hablan de memoria de las víctimas, de todas las víctimas, porque hubo torpezas por doquier y, por tanto, todo el mundo tiene algo de lo que arrepentirse. Este es el trasfondo de la pluralidad de relatos, una liebre propulsada desde los aledaños del poder vasco y que recorre buena parte del territorio. Si lo que se quiere decir es que, además de las de ETA, hubo víctimas del GAL y que se torturó en Intxaurrondo, hay que decir que es verdad. Pero si lo que se pretende, como parece, con esa invocación es algún tipo de exculpación o de inculpación generalizada, no sería de recibo.

A 20 años de distancia del asesinato de Miguel Ángel Blanco, la batalla incruenta que estamos librando es hermenéutica. Los violentos siempre han tenido un cuidado especial en privar al crimen de significación moral, sea borrándolo de la conciencia, sea presentándolo como inevitable o justificable habida cuenta de las circunstancias. Por eso, el mejor homenaje a las víctimas del terrorismo en este momento consiste en clarificar el mantra de la pluralidad de relatos.

¿Puede existir algo así? Podemos hablar de pluralidad de relatos si por ello entendemos la vivencia subjetiva de los acontecimientos. Cada cual vive a su manera acontecimientos importantes sobre todo si son traumáticos. Pluralidad también comprensible entre historiadores si por ello entendemos enfoques diferenciados de un proceso tan largo y complejo: uno puede analizar el terrorismo, por ejemplo, desde el punto de vista de las ideologías y otro, poniendo el foco en los extorsionados. Son enfoques distintos, pero no incompatibles si están hechos con profesionalidad.

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Pero donde no puede haber pluralidad es en la valoración moral del pasado violento. Matar por razones políticas solo puede ser un crimen. Nada hay que justifique al terrorismo y nada que exculpe a quienes lo han practicado. Pretender rebajar la gravedad de un crimen convocando otro, de signo contrario, es una impostura porque en vez de poner el acento en la culpa, busca la exculpación. Desde el punto de vista moral, el único relato admisible es el que contemple lo sucedido con la mirada de las víctimas. Y la víctima lo que nos pide desde su infinita fragilidad es que nos hagamos cargo de ella y que protejamos la vida. El resto es cálculo.