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Peccata minuta

Carles Puigdemont, en el acto en el Teatre Nacional de Catalunya para presentar la ley del referéndum, el 4 de julio.

JULIO CARBÓ

Teatro

Joan Ollé

El PP y Junts pel Sí tienen básicamente en común que cuanto más atentan contra el sentido común, más enardecen a su público

El pasado martes, una coproducción de Junts pel Sí y la CUP llenó hasta la bandera (sic) el Teatre Nacional de Catalunya; el ensayo general había tenido lugar pocas horas antes en una sala alternativa del Parlament a la que no se permitió el acceso a la crítica. El título de la comedia era Com sempre, obra de un colectivo de autores tan radicalmente contemporáneos que minutos antes del estreno aún dudaban de algunos párrafos del texto; un texto que, a pesar de tratarse de un muy técnico manual de instrucciones patafísicas, despertó en varias ocasiones las ovaciones del respetable, que solo abucheó cuando desde el escenario se contempló retóricamente la posible victoria del no en las urnas. Tanto el telonero Llach como Rovira Rull, así como Junqueras Puigdemont –bicéfalo deus ex machina del vodevil–, estuvieron tan convincentes y metidos en su papel como Lluís Homar, pocas semanas antes y en el mismo escenario, en su magnífica interpretación del cruel, despiadado y shakespeariano Ricardo III. La pequeña diferencia es que Homar, gracias a su maestría, supo convertir en verdad un sabio artificio para mostrar las monstruosidades del poder, mientras que los otros hicieron justamente lo contrario: intentar vender, asistidos de toda suerte de tonos y gesticulaciones amateurs pero avalados por el Más Allá, las más altas virtudes de los servidores de la patria a través de una muy elaborada mentira disfrazada de Verdad Absoluta. Mal teatro.

"LA EXCEPCIONALIDAD" 

Acabadas las representaciones de Ricard III, el TNC cerró su temporada con A letter to a man, un diamante en el que los maestros Bob Wilson y Mihail Baryshnikov unieron sus excepcionalidades para enamorarnos en 90 minutos de pura belleza. Debo confesar, malévolo de mí, que pensé en Baryshnikov cuando Puigdemont III decapitó ejemplarmente al prudente, patrimonial y leal (¿?) Jordi Baiget, hombre fuerte de Mas y del 9-N, para poner skakespearianamente a prueba al extibio pero ya incendiado Santi Vila ofreciéndole la Conselleria d’Empresa para dejar eso de la cultura popular (¿?) en manos de Lluís Puig (¿?), sardanista y Premi Nacional de Dansa 1984 (¿?).

A pesar del éxito (¡Stalin ovation!) del evento, que al día siguiente ocupó todas las portadas y prime times, debo señalar que la tan unánimemente vitoreada performance contenía un error dramatúrgico de base: ¿cómo Laurita Valenzuela y Joaquín Prat podían ir repitiendo alegremente hasta el hartazgo el hashtag Com sempre mientras, al mismo tiempo, no paraban de justificar las muchas irregularidades de su referéndum exprés en nombre de «la excepcionalidad» del momento histórico? Los estados de excepción los carga el diablo.

¿Saben qué tienen básicamente en común el PP y Junts pel Sí? Que cuanto más atentan contra el sentido común, más enardecen a su público.