21 feb 2020

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IDEAS

El cómico Joan Capri permitió que una extensa generación de catalanes disfrutase de la risa. En la foto, en un plató de TVE.

La gloria del humorista

Jordi Puntí

Leo que estos días se conmemoran cien años del nacimiento de Joan Capri, el humorista que hizo reír nuestros padres y abuelos. Enseguida me viene a la memoria la primera vez que lo escuché. Años 70. Hacíamos un picnic familiar en las siete fuentes de Sant Julià de Vilatorta -eso que antes se llamaba una fontada-: vermut, costillas a la brasa, la sandía a refrescar en el agua de la fuente. A la hora de los cafés (de termo), alguien abrió las puertas de un coche y puso un casete de monólogos de Joan Capri. La voz estridente y enojada de Capri se esparcía por el bosque y, acto seguido, llegaban las risas de pequeños y grandes. Clásicos como 'El maniàtic', 'Pobre González!', 'El nàufrag'...

Los monólogos de Joan Capri y Rubianes, los chistes de Eugenio... su posteridad es hacernos reír cuando ya no están 

A menudo paso por la plaza Joan Capri, detrás del mercado de Santa Caterina, y pienso que aquello no es una plaza ni es nada. Con lo que costó que le dieran una calle, y al final para terminar en ese rincón. Pero es que quizá tiene que ser así: la gloria de los humoristas no se está quieta, va más allá de la solemnidad de una dirección. Pienso en toda esa gente que lucha para que Pepe Rubianes tenga una calle en Barcelona. ¿Alguien cree que nos olvidaríamos de él? La gloria del humorista es efímera ya la vez persistente como uno de sus chistes. Pasan los años, pero alguien vuelve a explicar aquel chiste, aquel monólogo, y las risas se renuevan. Incluso el anónimo creador del perro Mistetas, un chiste de formación, tiene una entrada en la Wikipedia...

Desde hace un tiempo, en Spotify, se pueden encontrar los monólogos de Joan Capri o los chistes de Eugenio, y en Youtube hay clubes de fans de Chiquito de la Calzada. Hace poco cené en un restaurante moderno del barrio de Sant Antoni. En algún momento de la noche fui al baño y entonces, mientras miccionaba en un inodoro de diseño, oí que un altavoz sobre mi cabeza transmitía chistes de Eugenio. Qué lección de posmodernidad. Era el chiste del palomo Amadeu y, aunque enseguida terminé, me lavé las manos un buen rato para oír el final y aún dos o tres chistes más. El del loro, el del abrigo... He aquí la verdadera posteridad del humorista, hacernos reír cuando ya no está.