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La cárcel afónica

Óscar Hernández

La visita autoguiada a la Modelo carece de explicaciones habladas, ya sean de un guía o grabadas, y debe digerirse en silencio

Me apunto en la web de la Generalitat, la de las citas previas para gestiones. Dos emails me lo recuerdan, como si fuera una visita médica. Entro expectante. Abro la puerta de madera de la calle de Entença. Ningún cartel. Muchas dudas. Y ya en el primer patio me dirijo al mostrador donde comprueban mi identidad y me dan una pegatina de visitante. Como si fuera a ver a un recluso. Me dicen que espere la hora señalada y podré entrar. Que es una visita autoguiada. Que siga las líneas en el suelo, como las que en un hospital te llevan de Urgencias a Rayos X.

Somos unos 20. No nos conocemos. Compartimos el sobrio espacio entre las dos pesadas puertas metálicas de la primera cancela. Dos hombres con la camiseta de La Model ens parla sonríen y dan la bienvenida. Esperamos algo más, pero dicen que sigamos. Solos. Puertas que se abren y se cierran. El folleto-mapa en la mano. Seguimos las líneas y buscamos las letras que marcan los puntos de interés y sus paneles.

Entramos en la galería estrella de la visita, la quinta. Varias celdas cuentan la historia de algunos internos ¿célebres? Desde El Vaquilla a Xirinachs, sin ovidar a Companys o a Ferrer Guardia. Se oye algo de música y poco más. Varias personas vigilan el tour: son reclusos de tercer grado del CIRE, empresa que les da trabajo. Pero nadie explica nada. Ni si son o no. Otra galería, con su ínfima biblioteca, y el patio, cuyo silencio y paredes asfixian, más que las celdas.

Y antes de acabar, el locutorio, con murmullos de fondo, indescifrables, y una rara luz azul. Luego, el servicio de paquetería, donde fue ejecutado al garrote vil la última víctima del franquismo, Puig Antich. Sin imágenes. Ni sonidos. Espacio neutro. Extraño.

Son 30 minutos para narrar 113 años. De vuelta a la doble puerta de entrada y salida. La Model ens parla es el lema. Pero debo ser sordo (confieso cierta hipoacusia) o quizás ella está afónica. Porque no hay voces de los que vigilan el recorrido, ni de los ilustres en sus celdas. Tampoco en el patio o el comedor. No es la Alcatraz de San Francisco, ni la Kilmainham dublinesa. Pero la Modelo también merecía hablar, antes de callar para siempre.

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