25 oct 2020

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El juez Baltasar Garzón, en una foto del 2012.

JOSÉ LUIS ROCA

La vileza y la abyección

Josep Maria Fonalleras

Unos años después, Marcel Dalmau, artista de Olot, me explicó las torturas que había sufrido... Todo sucedía hace 25 años, mientras nos preparábamos para los mejores Juegos Olímpicos de la historia

Unos años después, Marcel Dalmau, artista de Olot, me explicó las torturas que había sufrido. No lo he leído en un artículo, no lo he visto en un reportaje en la televisión. Me lo contó él, un hombre tranquilo y reposado. Me habló de las humillaciones, de las descargas eléctricas, de las bolsas de plástico en la cabeza, quemaduras con cigarrillos y con humo dentro, de las rodillas en el suelo, de las asfixias, de los cubos de agua, los puñetazos, los golpes con objetos diversos, de las amenazas psicológicas y de tono machista en relación a su compañera, que también estaba encarcelada en Madrid. Y los 20 minutos de descanso en una celda, entre sesión y sesión de tortura. Y luego me explicó el intento de suicidio. Marcel corrió con todas sus fuerzas en el espacio reducido donde le tenían encerrado y estrelló la cabeza contra la pared. Cayó al suelo, aturdido y con sangre. Hay que tener mucho miedo al terror que viene para evitarlo de una manera tan descomunal.

Todo esto sucedía hace 25 años, mientras nos preparábamos para los mejores Juegos Olímpicos de la historia. El juez Garzón –condenado años más tarde, y con él el Estado español, por el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo– miró hacia otro lado. Como tantos por aquel entonces. Más de 40 personas torturadas, estrujadas como un papel, como dice Ramon Piqué, otra de las víctimas. Veinticinco años después, aquel papel todavía tiene las marcas de la vileza y la abyección